El futuro de Costa Rica se conocerá este domingo, si hay ganador en primera vuelta
Opinión
Ariel Montoya
Desde la abolición del Ejército en 1948, Costa Rica ha sido conocida ante el mundo como una excepción democrática en el continente. La decisión, tomada tras la guerra civil y liderada por José Figueres —a quien llamaban Don “Pepe Tacones” por su baja estatura y los altos zoquetes de sus zapatos—, no solo redefinió el aparato modernizante del Estado, sino que sentó las bases de un modelo político sustentado en el civilismo, la institucionalidad electoral y la subordinación del poder al Estado de Derecho.
Ese pacto fundacional permitió al país consolidar una democracia estable, con alternancia política y una fuerte legitimidad internacional. Sin embargo, el prestigio histórico no constituye una garantía automática de permanencia democrática.
Este próximo domingo 1 de febrero se celebrarán elecciones generales en un contexto marcado por una fragmentación política más profunda que en procesos anteriores. La proliferación de candidaturas refleja no solo diversidad, sino también una crisis de representación y una creciente desconfianza ciudadana hacia las élites tradicionales.
En este escenario, la exministra Laura Fernández, candidata del oficialismo, encabeza las encuestas. Su discurso se centra en el orden, la gobernabilidad y la seguridad, una propuesta que conecta con una ciudadanía alarmada por el aumento del crimen organizado.
No obstante, esa propuesta abre interrogantes relevantes sobre el equilibrio entre seguridad, control democrático y la creciente influencia del narcotráfico, fenómeno que ya pringa a toda Centroamérica y que amenaza con redefinir las prioridades del Estado.
Con 21 partidos presentando candidatos presidenciales —dos de ellos en coalición— el proceso electoral evidencia una crisis estructural del sistema político. La abundancia de opciones no expresa necesariamente un pluralismo virtuoso, sino la incapacidad del sistema partidario para articular proyectos nacionales coherentes, alejados de la estabilidad que caracterizó a los gobiernos de la era post-Figueres de mediados del siglo pasado.
La contienda se desarrolla bajo la sombra del desgaste del oficialismo, cuestionado por escándalos de corrupción, opacidad administrativa y una gestión ambigua frente al avance del narcotráfico. Aun así, según los sondeos, una parte significativa del electorado parece restar importancia a estos factores.
Las encuestas otorgan a Fernández un amplio margen para ganar en primera vuelta. Salvo imprevistos, los costarricenses podrían acudir a una segunda ronda, en la que Fabricio Alvarado, por tercera vez, podría enfrentarla desde un discurso más alineado hacia la derecha. Este escenario sugiere que el prestigio democrático acumulado no blinda al país frente a procesos de erosión institucional. Las democracias no colapsan únicamente por golpes militares o regímenes totalitarios; también se debilitan gradualmente por el avance de economías ilícitas, la captura del Estado y la degradación del sistema de representación.
Costa Rica no es inmune a esas dinámicas. El problema no radica en reconocer la amenaza del narcotráfico —que es real y creciente—, sino en la tentación de responder mediante lógicas de excepcionalidad, debilitamiento de los controles institucionales o concentración del poder ejecutivo.
Las investigaciones periodísticas de Camilo Rodríguez han expuesto con claridad la penetración del crimen organizado en estructuras sensibles del país. A raíz de estos hallazgos, Estados Unidos ya ha sancionado y cancelado visas a algunos de los implicados, un hecho que debería generar mayor alarma interna.
La oposición, por su parte, se presenta fragmentada y sin un discurso articulado. Candidaturas como las de Álvaro Ramos, Ariel Robles o Juan Carlos Hidalgo representan intentos de recomposición ideológica, pero no han logrado estructurar una alternativa hegemónica frente al oficialismo.
El elevado porcentaje de indecisos refleja tanto la volatilidad electoral como la ausencia de liderazgos capaces de canalizar el malestar social en un proyecto democrático sólido.
En este contexto, la migración, particularmente la nicaragüense, se ha convertido en un tema central del debate.
Costa Rica alberga a cientos de miles de migrantes y solicitantes de refugio. Su presencia ha sido instrumentalizada políticamente mediante discursos que los asocian con inseguridad, desempleo o presión fiscal, distorsionando la realidad y alimentando la estigmatización.
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William Espinoza, nicaragüense radicado en San José y fundador de la organización “Nuevas Ideas”, ha advertido que un eventual gobierno con fuerte respaldo legislativo podría endurecer los controles migratorios bajo el argumento de la seguridad nacional. El riesgo es sacrificar principios de protección internacional, debido proceso y derechos humanos en nombre de la eficiencia administrativa.
“La pregunta clave es si la democracia costarricense puede colapsar. El mayor peligro no es un quiebre abrupto, sino una erosión gradual”, señala Espinoza, aludiendo al debilitamiento institucional, la normalización del discurso punitivo y la penetración de los ilícitos en la política.
Pese a los malos augurios, Costa Rica aún conserva activos fundamentales: un Tribunal Supremo de Elecciones que genera confianza, una cultura electoral arraigada y una sociedad civil activa. Sin embargo, estos pilares requieren defensa constante.
El civismo heredado de 1948 no puede seguir funcionando como mito autosuficiente. Hoy, la democracia costarricense no está garantizada por su pasado, sino condicionada por las decisiones que se tomen en el presente. Ojalá que continúe construyéndose y fortaleciéndose. Conozco ese hermoso país y le guardo un especial afecto, su empatía con tantos nicaragüenses es de agradecer siempre y mi envidia por sus valores cívicos es de la sana y, estoy seguro, compartida por miles y millones de latinoamericanas que hemos padecido botas comunistas, liberalismos baratos y sueños con banderas rotas.
El autor es escritor y periodista nicaragüense, exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional.


