EN OPINION DE:
Ariel Montoya
Todavía recuerdo el calor húmedo de Taipéi en 2003, sus insolentes calles llenas de adolescentes de todas las edades, tiendas, restaurantes de comidas exóticas y las invitaciones a sitios históricos y tecnológicos, como las empresas que fabrican chips. Visité el Parque Científico de Hsinchu y las plantas de TSMC, UMC y MediaTek, nombres que ya en 2003 dominaban el mundo. Han transcurrido 23 años de ese viaje y sigo viendo lo que mis ojos vieron entonces: que esa isla viene convirtiéndose en un inmenso elefante funcional para la economía y la tecnología, capaz de seguir desarrollándose como una potencia mundial por su capacidad integral como por la dependencia de sus productos ante el resto del planeta.
TSMC, fundada en 1987, era ya la primera fundición global; UMC, nacida en 1980, la segunda; MediaTek, de 1997, empezaba a colonizar los chips de celulares; a su lado estaban VIA Technologies y Winbond. No era una maqueta, era una nación produciendo el futuro.
Llegué invitado como parte del gabinete del presidente Enrique Bolaños, siendo entonces Sub Director de Prensa de la Presidencia de la República y luego Secretario Privado. Nicaragua mantenía relaciones con la República de China en Taiwán y el mandatario Bolaños proponía un Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Taiwán y Centroamérica. Inclusive llevé en mi maleta algunos ejemplares del Plan Nacional de Desarrollo (PND) impulsado por nuestro gobierno, el cual fue bien recibido por altos funcionarios de cancillería y de la prensa nacional.
Lo que vi no fue una isla mendigando reconocimiento, sino una nación obsesionada con hacerse indispensable.
Se dice, con razón, que en el juego de potencias se define el destino de Ucrania, Cuba, Venezuela o Nicaragua. Ucrania resiste porque Occidente la sostiene. Cuba sobrevive porque continentes como el de la vieja Europa y sectores de la izquierda variopinta no dejan de respaldar a su fallido sistema, Venezuela y Nicaragua en trance de sus transiciones electorales hacia la libertad, padeciendo la nación centroamericana su peor momento en la actualidad.
Todas ellas fichas a fin de cuentas de un destino incierto desde la alta geopolítica, en la que Taiwán no entra. Pues no lo es. La diferencia no es moral ni histórica ni estructural. Mientras los demás ofrecen materias primas o ideología, Taiwán ofrece el futuro. Su fuerza económica y tecnológica, concentrada en semiconductores, podría lograr lo que ninguno de los otros puede: disuadir totalmente a la China comunista, no por capricho ni simpatía, sino por interés vital del planeta.
Taiwán no nació como start-up, nació como el último reducto de una guerra perdida. El 10 de diciembre de 1949, Chiang Kai-shek y su hijo Chiang Ching-kuo aterrizaron tras perder el continente frente a Mao. Chiang padre impuso ley marcial y el Proyecto Gloria Nacional para reconquistar China. Autoritario y polémico, instaló lo que La Habana, Caracas y Managua nunca instalaron: una sociedad nacionalista cívica, disciplinada, obsesionada con educación, mérito y supervivencia anticomunista. No era nacionalismo de desfile, era de trinchera: ser la China libre que demuestra que el comunismo no funciona.

