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lunes, octubre 12, 2026

La Rueda y la Ronda: veinte fugados, nueve prófugos y los nueve días del poder. GUATEMALA

A un año de conocerse la fuga de veinte integrantes de la estructura de mando de la pandilla «Barrio 18», declarado como grupo terrorista por el gobierno de Estados Unidos,  nueve permanecen prófugos, diez fueron recapturados y uno murió. Las declaraciones de reclusos sobre presuntos uniformes policiales, las irregularidades en los controles penitenciarios y la permanencia en funciones de un ministro cuya renuncia ya había sido aceptada mantienen abiertas preguntas que la justicia todavía debe responder.

Guatemala, 12 de octubre de 2026. — Un año después, la cuenta sigue sin cerrar. Veinte integrantes del Barrio 18 escaparon del Centro de Detención para Hombres Fraijanes II, una instalación que tenía la obligación de mantenerlos bajo custodia. No se trataba de veinte reclusos comunes: formaban parte de la estructura de liderazgo conocida como la Rueda, desde donde se articulan decisiones de una organización criminal vinculada con la extorsión, la violencia y el control territorial. Doce meses después de que se conociera públicamente la evasión, diez han sido recapturados, uno falleció y nueve continúan prófugos.

La historia contiene una coincidencia de palabras que permite retratar el contraste entre el crimen organizado y la responsabilidad del Estado: la Rueda y la Ronda. La primera identifica una estructura de dirección de la pandilla; la segunda, las conferencias semanales del presidente Bernardo Arévalo ante los medios de comunicación. Son escenarios completamente distintos, pero su proximidad lingüística plantea una reflexión: mientras una organización criminal logró vulnerar los controles penitenciarios, las autoridades gubernamentales tienen la obligación de explicar cómo ocurrió, quiénes facilitaron la evasión y hasta dónde alcanzan las responsabilidades.

¿Veinte fantasmas atravesaron las puertas de Fraijanes II?

La primera interrogante es tan elemental como inquietante: ¿cómo lograron escapar veinte reclusos de alta peligrosidad que no estaban alojados en una misma celda? Antes de alcanzar el exterior tuvieron que abandonar sus espacios de confinamiento, recorrer instalaciones penitenciarias y superar los controles que debían impedir una salida no autorizada.

¿Quién abrió las puertas? ¿Qué funcionarios estaban de servicio? ¿Cómo atravesaron los corredores y puestos de vigilancia? ¿Nadie observó movimientos sospechosos o hubo personas que, deliberadamente, decidieron no intervenir? ¿Se trató de salidas sucesivas, de una operación coordinada o de una combinación de fallas que terminó haciendo posible la evasión?

Estas preguntas adquieren especial importancia por la situación de uno de los fugados. Entre los veinte se encontraba un pandillero conocido como «Black Demon», quien carecía de una pierna desde años antes de escapar y utilizaba muletas dentro de la prisión, según información proporcionada por las autoridades policiales. Fue recapturado el 13 de octubre de 2025, apenas un día después de que se conociera públicamente la fuga.

¿Cómo logró salir de una prisión un hombre con una discapacidad física tan evidente sin que los controles impidieran su evasión? Su condición no hacía imposible escapar, pero obliga a examinar cuidadosamente cómo se produjeron los desplazamientos y qué ocurrió en los puntos donde debía verificarse la identidad de las personas que abandonaban el establecimiento.

La versión de los uniformes policiales

La hipótesis de que algunos reclusos pudieron abandonar Fraijanes II vestidos como agentes policiales no surgió únicamente de comentarios anónimos. Dos integrantes del Barrio 18, recapturados después de la fuga, ofrecieron declaraciones judiciales sobre esa posibilidad.

Milton Najarro García, alias -Dark-, afirmó ante una jueza, en enero de 2026, que los fugados salieron utilizando uniformes policiales y patrullas. Carlos Agustín Reyes Popol, conocido como -Bufón- o -Joker-, también presentó una versión que involucraba uniformes y vehículos estatales. La Policía Nacional Civil rechazó esas afirmaciones.

Son declaraciones que requieren corroboración independiente y que no permiten atribuir responsabilidades a integrantes específicos de las fuerzas de seguridad. Sin embargo, su existencia plantea preguntas que deberían formar parte de una reconstrucción completa de los hechos.

¿De dónde habrían salido los uniformes, si la versión resulta cierta? ¿Quién habría facilitado su ingreso al penal? ¿Se utilizaron prendas semejantes a las de unidades especiales de la PNC, cuyos agentes pueden emplear pasamontañas para proteger su identidad? ¿Qué registros existen sobre los vehículos que ingresaron y salieron de las instalaciones?

La respuesta no puede depender exclusivamente de los testimonios de los propios fugados. Es indispensable contrastarlos con documentación, registros operativos, peritajes y declaraciones de quienes estaban encargados de la seguridad.

Las cámaras que no grabaron y los registros que faltaban

La videovigilancia constituye otro elemento central. El Ministerio Público informó sobre irregularidades relacionadas con la manipulación de cámaras de seguridad, mientras que investigaciones periodísticas recogieron señalamientos sobre páginas faltantes en los libros de control del establecimiento penitenciario.

Estos antecedentes obligan a preguntar: ¿qué cámaras dejaron de registrar zonas estratégicas? ¿Cuándo se modificó su orientación o funcionamiento? ¿Quién tenía acceso a los sistemas de vigilancia? ¿Existen respaldos de las grabaciones? ¿Qué información desapareció de los registros de ingreso y salida?

La manipulación de un dispositivo, cuando se demuestra, debe investigarse para establecer quién intervino y con qué propósito. Lo mismo ocurre con cualquier alteración documental. La existencia de irregularidades no permite presumir automáticamente la responsabilidad de toda una cadena de mando, pero sí justifica examinar los controles, las autorizaciones y las decisiones adoptadas en cada nivel.

Una evasión de veinte reclusos, desde distintas áreas de confinamiento y a través de sucesivas barreras de seguridad, exige algo más que una explicación basada en descuidos aislados.

¿Fue una extraordinaria acumulación de negligencias o existió un entramado de complicidades que involucró a varias personas y diferentes niveles de autoridad?La investigación debe determinarlo mediante pruebas. Porque los integrantes de la Rueda no desaparecieron por arte de magia: abandonaron instalaciones que estaban bajo responsabilidad del Estado.

Un ministro fuera del cargo político, pero todavía dentro del poder

La paradoja continuó en el Ministerio de Gobernación. El 15 de octubre de 2025, el presidente Bernardo Arévalo aceptó la renuncia del entonces ministro Francisco Jiménez. Sin embargo, el funcionario permaneció ejerciendo atribuciones durante la transición hacia el nombramiento de su sucesor.

Su salida política había sido anunciada, pero su permanencia administrativa no había concluido.

Mientras las autoridades investigaban una de las mayores vulneraciones del sistema penitenciario, el responsable político de la cartera seguía conservando las facultades propias de su función. La situación adquiría especial sensibilidad porque la institución bajo su dirección formaba parte del ámbito que debía ser investigado.

El 23 de octubre, Jiménez supuestamente salió de Guatemala, raro ni el ministerio público ni los servicios de inteligencia se percataron que de madrigada abandonaba ciudad Guatemala. Al día siguiente fue presentado Marco Antonio Villeda como nuevo ministro. Entre la aceptación de la renuncia y el relevo transcurrieron nueve días.

¿Por qué se permitió que el ministro saliente permaneciera en funciones durante ese período? ¿Quién supervisó su acceso a los documentos, las comunicaciones, los archivos y los sistemas informáticos? ¿Qué medidas se adoptaron para preservar posibles evidencias?

Y aparece una pregunta particularmente incómoda: ¿fueron aquellos nueve días únicamente una transición administrativa o existió la posibilidad de limpiar el trecho recorrido?

No hay evidencia pública suficiente para afirmar que Jiménez destruyera documentos o alterara pruebas durante ese período. Pero esa ausencia de comprobación no elimina la necesidad de conocer qué controles existieron y cómo se preservó la documentación relacionada con la fuga.

Posteriormente se conocieron órdenes de captura contra antiguos funcionarios vinculados a las investigaciones. Jiménez permanece (supuestamente) fuera de Guatemala, según la información pública disponible. Las órdenes judiciales no constituyen condenas y deben respetarse las garantías de los investigados. Al mismo tiempo, corresponde a las autoridades procurar que las personas requeridas comparezcan ante la justicia.

El problema institucional es más amplio que la situación de un exministro: ¿puede el ejercicio temporal de un cargo convertirse en una ventaja para quien debe responder preguntas sobre acontecimientos ocurridos bajo su responsabilidad?

El viaje presidencial: una cronología pendiente

Otro episodio que merece explicaciones corresponde al viaje internacional del presidente Bernardo Arévalo cuando se hizo pública la fuga, el 12 de octubre de 2025.

La coincidencia temporal no demuestra que el desplazamiento presidencial tuviera relación con la evasión. De hecho, las investigaciones han señalado que los reclusos pudieron abandonar el centro penitenciario antes de que se descubriera su ausencia.

Pero la conducción política de una emergencia de seguridad exige una cronología precisa.

¿Cuándo fue programado el viaje? ¿Con cuánta anticipación respecto del 12 de octubre se aprobó su realización? ¿Qué compromisos oficiales justificaban la agenda? ¿Qué resultados concretos dejó para Guatemala? ¿Quién asumió la coordinación de la respuesta gubernamental mientras el mandatario estaba fuera del país? ¿En qué momento recibió información sobre la verdadera dimensión de la fuga?

Estas preguntas no constituyen una acusación contra el presidente. Buscan establecer cómo funcionaron los mecanismos de conducción, comunicación y respuesta del Ejecutivo durante una crisis que involucraba a veinte integrantes de una organización criminal.

La rendición de cuentas debe incluir tanto las decisiones adoptadas por las autoridades presentes como los procedimientos establecidos durante la ausencia de quienes ejercían la máxima responsabilidad política.

¿El tiempo como instrumento del olvido?

Doce meses después, surge una preocupación que trasciende Fraijanes II: ¿está ofreciendo el Gobierno explicaciones suficientes o existe el riesgo de que el paso del tiempo termine reemplazando las respuestas pendientes?

No hay pruebas que permitan afirmar que la administración haya adoptado deliberadamente una estrategia para provocar el olvido. Sin embargo, la persistencia de nueve prófugos, las responsabilidades aún no esclarecidas y la prolongación de los procesos justifican evaluar si los anuncios oficiales se han traducido en resultados verificables.

La preocupación adquiere actualidad con los acontecimientos del 27 de septiembre de 2026 en Huité, Zacapa, que dejó ocho personas fallecidas.

La respuesta gubernamental fue cuestionada por la demora inicial en ofrecer explicaciones y por las versiones sobre la posible presencia de personal militar. Posteriormente, el Ministerio de la Defensa realizó una investigación interna, remitió un informe al Ministerio Público y se produjeron relevos en mandos militares.

El Gobierno ha sostenido que el Ejército no ejecutó los ataques. Esa posición debe ser examinada junto con las evidencias reunidas por los investigadores. Los relevos administrativos, por su parte, no equivalen a determinaciones de responsabilidad penal.

¿Ocurrirá con Huité lo mismo que preocupa en el caso de Fraijanes II: que los días se conviertan en semanas, las semanas en meses y las preguntas terminen perdiendo espacio en la agenda pública sin haber sido respondidas?

El paso del tiempo no debería sustituir las obligaciones de investigación, especialmente cuando existen víctimas, posibles responsabilidades institucionales y dudas sobre el funcionamiento de las estructuras encargadas de garantizar la seguridad.  Porque de confirmarse que hubo disparos del agentes del Estado, el caso toma otra dimensión: Ejecuciónes Extrajudiciales.

¿Hasta dónde está preparada para llegar la justicia?

Fraijanes II y Huité son casos distintos. El primero involucra una evasión penitenciaria y la posible participación de personas encargadas de custodiar a los reclusos. El segundo exige esclarecer una serie de hechos armados, determinar quiénes participaron y establecer si existieron responsabilidades individuales o institucionales.

Sin embargo, ambos comparten una pregunta fundamental: ¿está preparada la justicia guatemalteca para investigar hasta los niveles más altos de la línea de mando cuando las evidencias conduzcan hacia ellos?

En Fraijanes II, la investigación debe establecer quién tenía bajo su responsabilidad las celdas, los pasillos, las puertas, los registros, las cámaras, los vehículos y la dirección administrativa del centro. También debe examinar las decisiones y omisiones de quienes supervisaban el sistema penitenciario.

En Huité, corresponde determinar quiénes participaron en los acontecimientos, qué órdenes fueron impartidas, qué información recibieron los superiores y qué decisiones se adoptaron antes, durante y después de los ataques.

Investigar una cadena de mando no significa presumir que todos sus integrantes son culpables. Significa determinar qué sabía cada autoridad, qué debía hacer, qué hizo y qué responsabilidades pueden establecerse conforme a la ley.

El poder público concede atribuciones para gobernar, administrar y dirigir instituciones. No debería convertirse en una barrera frente a las investigaciones. Las garantías legales protegen derechos y procedimientos; no sustituyen la obligación de rendir cuentas.

La Rueda y la Ronda: dos palabras, una exigencia de respuestas

Un año después, Guatemala conoce el balance de las recapturas, pero todavía necesita respuestas sobre los mecanismos que hicieron posible la fuga y las responsabilidades que puedan derivarse de ella.

Veinte integrantes de la Rueda lograron abandonar Fraijanes II. Uno de ellos carecía de una pierna desde años antes. Dos recapturados declararon ante autoridades judiciales sobre el supuesto uso de uniformes policiales y vehículos estatales. Se reportaron irregularidades en la videovigilancia y en los registros penitenciarios. Un ministro cuya renuncia había sido aceptada continuó en funciones durante nueve días y salió posteriormente del país.

Son acontecimientos y señalamientos de distinta naturaleza probatoria que deben ser examinados sin confundir declaraciones con hechos demostrados ni preguntas legítimas con acusaciones concluyentes.

A esta historia se suman ahora las ocho muertes de Huité y una nueva prueba para las instituciones responsables de investigar, esclarecer y determinar responsabilidades.

La Rueda pertenece al lenguaje de una estructura criminal. La Ronda, al ejercicio público de la comunicación presidencial. La primera debe ser desarticulada por las autoridades de seguridad. La segunda debe servir para ofrecer información verificable y rendir cuentas ante los ciudadanos.

La justicia tiene una tarea diferente y decisiva: reconstruir los hechos, preservar las evidencias y establecer responsabilidades sin detenerse ante jerarquías o privilegios.

Porque una conferencia de prensa puede explicar una decisión, pero no reemplaza una investigación. Un cambio de funcionarios puede responder a una crisis política, pero no determina por sí mismo las responsabilidades penales. Y el paso del tiempo puede disminuir la atención pública, pero no debería borrar los hechos.

La Rueda escapó de la prisión. La Ronda tiene la obligación de explicar. Y la justicia debe investigar hasta donde conduzcan las pruebas, sin detenerse ante los cargos ni los privilegios del poder.

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