Por: Amarú Pérez
Ciudad de Guatemala.– Entre flores de cempasúchil, aroma a incienso y el inconfundible sabor del pan de muerto, la Embajada de México en Guatemala celebró su tradicional Altar de Día de Muertos 2025, una de las festividades más entrañables y representativas de la cultura mexicana.
El evento reunió a miembros de la comunidad mexicana, autoridades locales, diplomáticos y amigos guatemaltecos, quienes participaron en una jornada llena de música, color y recuerdos. Este año, el altar fue un homenaje compartido entre México y Guatemala, dedicado a figuras del arte y la cultura que partieron recientemente.
En la ofrenda destacaron las imágenes de María Mercedes Arrivillaga, actriz guatemalteca, y de las mexicanas Silvia Pinal, Paquita la del Barrio (Francisca Viveros) y Dulce (Bertha Elisa Noeggerath), así como la astrónoma Julieta Norma Fierro y la escritora guatemalteca Francisca Violeta Sam. A sus pies, una alfombra de aserrín dedicada a José Guadalupe Posadas, creador de la icónica Calavera Garbancera, recordaba el vínculo entre arte y muerte que define esta tradición.

El altar estuvo acompañado por todos los elementos que marcan la esencia del Día de Muertos: flores, velas, calaveritas de azúcar, catrinas, agua, sal, y dulces típicos, además de las inconfundibles figuras de los catrines, quienes desfilaron en un concurso lleno de creatividad y simbolismo.
Durante la tarde, los asistentes disfrutaron de comida típica mexicana —pan de muerto, atole, ponche y tacos con su toque picante— mientras compartían anécdotas y participaban en una competencia de calaveras literarias, en honor a los ausentes que, según la tradición, regresan cada año a convivir con los vivos.

La celebración, más que un evento diplomático, se convirtió en un encuentro cultural que unió a dos pueblos a través de la memoria. Desde sus representaciones en el extranjero, México busca proyectar su identidad a partir de sus raíces históricas y culturales, mostrando la diversidad étnica y lingüística que le da vida.
El Día de Muertos, inscrito en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, sigue demostrando que la muerte, lejos de ser olvido, es una forma de recordar y celebrar la vida.

