Cuando una palabra deja de describir la realidad y comienza a utilizarse para explicar todos los problemas de un gobierno, la verdadera historia deja de escribirse en los discursos y comienza a revelarse en los hechos.
Por Redacción de Diestra La Revista
«Las fábulas enseñan verdades utilizando personajes imaginarios. Lo curioso de esta historia es que los personajes no son imaginarios; únicamente la explicación de los hechos parece serlo.»
Nace una nueva forma de hacer opinión
En Diestra La Revista creemos que el periodismo no solo debe informar, sino también ayudar a comprender. Por esa razón presentamos Las Fábulas del Poder, una nueva serie editorial que combina análisis, narrativa audiovisual y el lenguaje universal de las fábulas para explicar los grandes temas de la actualidad.
Cada entrega transforma una columna de opinión en una experiencia que integra texto y video. A través del Conejo Cronista y del Gran Libro del Poder, personajes y escenarios simbólicos acompañan al lector y al espectador en un recorrido que invita a reflexionar sobre hechos de interés público desde una perspectiva diferente.
Las fábulas han sido, durante siglos, una herramienta para transmitir enseñanzas por medio de símbolos. En esta serie, esos símbolos sirven para abrir preguntas, estimular el pensamiento crítico y ofrecer una mirada distinta sobre la realidad. No buscamos decirle al lector qué pensar; buscamos invitarlo a pensar.
Cada domingo abriremos una nueva página del Gran Libro del Poder con historias inspiradas en acontecimientos reales, convencidos de que comprender el contexto es el primer paso para formar una opinión libre e informada.
Bienvenidos a Las Fábulas del Poder, una producción editorial original de Diestra La Revista.
La fábula del Presidente «Espurio»
Cuentan que existió un reino donde un Presidente descubrió una palabra extraordinaria. Era una palabra capaz de explicar cualquier fracaso, justificar cualquier retraso y convertir cualquier crítica en una conspiración.
La palabra era «espurio».
Si una resolución judicial no complacía al Palacio, era espuria. Si un fiscal actuaba con independencia, era espurio. Si una institución no obedecía el libreto oficial, también era espuria. Y como toda buena fábula necesita un villano, el Presidente encontró en aquella palabra el personaje perfecto para justificar la lentitud de su gobierno.
Durante la primera mitad de su mandato, los discursos repitieron la misma melodía. El país no avanzaba porque los «espurios» controlaban las instituciones. La culpa nunca habitaba en el despacho presidencial; siempre residía en edificios ajenos, ocupados por funcionarios que no habían recibido el sello de aprobación del gobernante.
Pero las leyes tienen un extraño sentido del humor.
Los períodos constitucionales concluyeron. Llegaron nuevas autoridades. Cambiaron los nombres en las puertas de las oficinas y también cambió el discurso. De repente, aquellas instituciones dejaron de ser el obstáculo permanente. Lo que ayer era una muralla infranqueable comenzó a comportarse de manera muy distinta.
Y entonces ocurrió el mayor giro de la historia.
Lo que durante años fue presentado como una lucha irrenunciable dejó de ser prioritario. Aquello que antes era consecuencia de instituciones «espurias», ahora simplemente pasó a ser una decisión legal de las nuevas autoridades.
La palabra mágica perdió sus poderes.
O, quizá, únicamente cambió de dueño.
Mientras tanto, fuera de los salones donde se pronuncian discursos, el país comenzó a escribir una historia mucho menos imaginaria.
En junio pasado, el Secretario de Defensa de Estados Unidos declaró ante la prensa que existía interés en fortalecer la cooperación regional, incluso contemplando el envío de tropas militares a Guatemala y Ecuador para combatir a las organizaciones del narcotráfico y al crimen organizado transnacional.
La respuesta guatemalteca pareció transitar por un camino completamente distinto.
Bajo el argumento de la soberanía del reino, cerraron los ojos y buscaron que el tiempo aleje esos esfuerzos por combatir al crimen organizado y sobretodo al narcotráfico, una tarea que no hacen, no quieren hacer y no dejaran hacer?
Y la respuesta apareció como arte de magia:
En una comunidad indígena fronteriza con México, más de un centenar de hombres fuertemente armados, portando fusiles de alto poder, escoltaron a presuntos líderes de estructuras criminales durante un desfile hípico. Las imágenes recorrieron el país y provocaron una inevitable pregunta: ¿en qué momento semejante despliegue de poder dejó de sorprender?
Pero la sorpresa aún no había terminado.
El viceministro de Seguridad, Estuardo Solórzano, confirmó que las personas identificadas portando armas de alto calibre contaban con licencias de portación vigentes. Agregó que la Policía Nacional Civil verificó los registros y estableció que los permisos estaban en regla. No obstante, informó que el caso había sido trasladado al Ministerio Público para su investigación.
Y es precisamente allí donde esta fábula vuelve a confundirse con la realidad.
Si la autoridad administrativa afirma que las armas estaban legalmente registradas y que sus portadores poseían licencias vigentes, el ciudadano común inevitablemente se pregunta: ¿qué hecho concreto corresponde investigar entonces al Ministerio Público? ¿La legalidad de los permisos? ¿El origen de las armas? ¿La posible vinculación de sus portadores con estructuras criminales? ¿O simplemente la exhibición de un poder de fuego que transmite la sensación de que, en ciertos territorios, el Estado comparte el monopolio de la fuerza con otros actores?
Porque el verdadero problema nunca ha sido únicamente la existencia de licencias para portar armas. El problema es el mensaje que recibe la población cuando más de un centenar de hombres armados pueden custodiar públicamente a presuntos cabecillas criminales con una organización y una capacidad de despliegue que recuerdan más a una fuerza irregular que a ciudadanos ejerciendo un derecho individual. Cuando esa imagen termina siendo explicada con un trámite administrativo, la percepción de autoridad comienza a diluirse mucho más rápido que la confianza de los ciudadanos.
Y mientras el debate continúa, las cifras hablan un idioma mucho menos ideológico.
Crece el consumo de drogas entre adolescentes y jóvenes.
Se descubren nuevas plantaciones de hoja de coca.
Aparecen laboratorios cada vez más sofisticados para la producción de drogas sintéticas.
Las organizaciones criminales exhiben una capacidad económica, logística y operativa que hace apenas una década parecía impensable.
Frente a esa realidad, la discusión sobre quién es «espurio» pierde importancia.
La verdadera pregunta es otra.
¿Aquellos que hoy han logrado ocupar posiciones de enorme relevancia bajo la sombra protectora del Presidente «Espurio» creen realmente que esa misma sombra logrará ocultar el deterioro de la seguridad, la expansión del narcotráfico y el fortalecimiento de las organizaciones criminales?
Porque las sombras tienen una característica inevitable.
Nunca iluminan.
Solo esconden por un tiempo aquello que tarde o temprano termina apareciendo bajo la luz.
Y esa es la moraleja de esta fábula.
Es sencillo construir un relato cuando los adversarios ocupan las instituciones. Mucho más difícil resulta gobernar cuando esas instituciones ya no pueden utilizarse como explicación para cada tropiezo.
Las instituciones cambiaron.
Los funcionarios cambiaron.
Los discursos también cambiaron.
Lo que no parece haber cambiado son los problemas del país.
Quizá porque nunca fueron «espurios».
Quizá porque el verdadero adversario nunca estuvo sentado en otra oficina, sino escondido detrás de una narrativa que convirtió la responsabilidad en un enemigo imaginario.
Porque la historia rara vez recuerda quién pronunció el discurso más ingenioso. La historia termina recordando quién tuvo el valor de resolver los problemas… y quién prefirió escribir una fábula para explicar por qué nunca pudo hacerlo.
🎬 ¿Ya viste la versión audiovisual?
Si llegaste primero al texto, puedes disfrutar ahora la historia narrada por el Conejo Cronista.
PD: Por cierto Guatemala aún no es miembro del «Escudo de las Américas» aunque digan lo contrario. https://x.com/secrubio/status/2075699948339765425?s=12
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Capítulo II
La moneda del poder -
«Cuando una moneda deja de ser un instrumento económico y comienza a utilizarse como herramienta de presión, el problema ya no es el dinero, sino el poder que representa.


