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jueves, junio 4, 2026

Las redes sociales y el dinero del erario público

La política de la apariencia ha convertido los recursos del Estado en combustible para fabricar popularidad artificial, mientras la realidad de los pueblos sigue atrapada entre calles destruidas, escuelas vacías y una ciudadanía cansada de discursos sin resultados.

OPINION

Por Anthony Valdez

Las redes sociales han dejado de ser simples plataformas de comunicación para convertirse en verdaderas fábricas de percepción política. Allí no siempre gobierna la verdad, sino la apariencia; no triunfa la gestión, sino la propaganda; no importa el resultado, sino la fotografía.

Ese es el gran negocio de muchos funcionarios públicos: construir un mundo ficticio donde parecen eficientes, cercanos y exitosos, aunque la realidad fuera de la pantalla diga exactamente lo contrario.  Fabrican nombres, inventan tendencias, posicionan supuestos logros y, sobre todo, construyen cultos a la imagen de gobernantes y funcionarios que muchas veces no tienen más mérito que saber posar frente a una cámara.

Sería interesante conocer cuántas personas trabajan diariamente en despersonalizar la realidad y en sustituir los hechos por una narrativa artificial diseñada para el consumo político. Detrás de cada publicación “exitosa”, muchas veces hay ejércitos de operadores digitales, granjas de bots y servicios pagados para inflar números que impresionan, pero que no sienten, no votan y mucho menos resuelven los problemas de la población.

Los datos recientes de aprobación presidencial en América Latina reflejan con crudeza esa contradicción entre propaganda y realidad. Los más populares del continente siguen siendo Nayib Bukele con 83.4% de aprobación y Claudia Sheinbaum con 69.8%, seguidos por Rodrigo Chaves con 59.5% y Luis Abinader con 57.3%.

Pero en el otro extremo aparecen los mandatarios que enfrentan mayor desgaste. Gustavo Petro cayó al puesto 12 del ranking regional con apenas 30.2% de imagen positiva y una desaprobación cercana al 70.0%, reflejando un fuerte desgaste político .

En Guatemala, Bernardo Arévalo también enfrenta una caída sostenida en respaldo, 20.01% marca pla frustración ciudadana ante la lentitud de resultados y la confrontación permanente con las estructuras tradicionales del poder.  Además,  su discurso es inadecuado, fuera de lógica y tiempo, sumado a una presencia publica al estilo cortina: que significa aparezco cuando todo esta calmado y cierro cuado se complica el panorama.

Ese contraste demuestra una verdad elemental: ningún presupuesto en propaganda puede sostener indefinidamente a un gobierno que no resuelve los problemas reales de su gente. La percepción pública puede maquillarse durante un tiempo, pero la calle siempre termina imponiendo su propia encuesta.

Lo más grave no es solo el engaño, sino el origen del dinero que lo financia. Porque mientras se pagan campañas de imagen, publicidad encubierta y manipulación digital, las calles siguen destruidas, las escuelas carecen de mobiliario básico y los policías continúan mal equipados para enfrentar la inseguridad.   El erario público termina convertido en presupuesto para la vanidad política, mientras las necesidades urgentes del ciudadano quedan relegadas al olvido.

Y en este entramado no están solos los funcionarios. Muchos medios de comunicación, especialmente en América Latina, han decidido caminar al lado del poder político por migajas disfrazadas de pauta publicitaria. Bajo el argumento de “sostener la redacción”, aceptan recursos que con el tiempo terminan convertidos en propiedades en el extranjero, viajes de lujo, vinos caros y gustos extravagantes. Lo que comenzó como supervivencia empresarial se transforma en complicidad abierta con el mal uso de los fondos públicos.

Los presidentes suelen ser los más engañados por este ecosistema artificial, especialmente aquellos cuya aceptación se desploma con el paso de los días. Creen en los números inflados, en los aplausos digitales y en los informes maquillados. Pero la calle no miente.

La gente no vive de likes ni de tendencias pagadas; vive de empleo, seguridad, salud y oportunidades. Y cuando eso falta, ningún algoritmo salva una mala administración.

América Latina seguirá atrapada en esta espiral mientras los pueblos no comprendan mejor cómo funciona la actividad gubernamental y cómo se administra el dinero público. La educación cívica ya no es un lujo intelectual, sino una necesidad urgente de supervivencia democrática. Incluso en medio de la desinformación, si los ciudadanos se organizan, observan y exigen, todavía pueden tomar las decisiones más adecuadas para frenar el abuso.

Porque al final, la verdad siempre termina encontrando una grieta por donde entrar. Y cuando eso ocurre, ningún bot, ningún influencer pagado y ningún funcionario maquillado puede detenerla.

Al final, aunque intenten adornar su ineficiencia con campañas millonarias, el resultado siempre será el mismo: rechazo popular, hastío frente a sus discursos y desesperación por el tiempo que les queda en el poder. Porque la propaganda puede retrasar el desgaste, pero nunca evitar la caída.

Mientras Nayib Bukele mantiene una aprobación, que en algunos estudios serios refleja una popularidad superior a los 80 puntos, seguido de la mandataria de México Claudia Sheinbaum quien alcanza 69.8%, consolidándose como los mandatarios más populares de América Latina, el contraste con otros gobiernos de la región resulta inevitable. Ambos han logrado proyectar una imagen de control político, decisiones firmes y resultados visibles para buena parte de sus ciudadanos, especialmente en temas sensibles como seguridad, gobernabilidad y estabilidad institucional.

Esa percepción, más allá de las críticas que puedan existir, fortalece su respaldo popular y les permite sostener liderazgo en un continente marcado por la desconfianza hacia el poder.

En el extremo opuesto aparecen Gustavo Petro y Bernardo Arévalo, quienes enfrentan un desgaste acelerado. Petro apenas registra 30.2% de imagen positiva, mientras Arévalo ronda el 20.1%, reflejando que las promesas de transformación no siempre sobreviven al choque con la realidad de gobernar.

La inseguridad, la falta de resultados inmediatos, la confrontación política permanente y la frustración ciudadana terminan erosionando el capital político con el que llegaron al poder.

La diferencia es clara: mientras unos consolidan autoridad, otros luchan por no perder legitimidad.

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