La vivienda deshabitada es una suerte de santuario pagano.

En la reja de entrada cuelga una bandera colombiana que revela el carácter transnacional del ídolo: «Leo, tu grandeza traspasa banderas, gracias por tanto fútbol y tanta magia. Atentamente, un colombiano agradecido».

A pocos metros de allí nació Walter Barrera, amigo de infancia de Leo, ahora de 39 años. Se conocen desde bebés y vivían a dos casas de distancia.

Desde entonces era claro que el destino de Messi era el fútbol.

«Desde cuando era chico sabíamos que él iba a jugar en algún lado, era un animal. Lo veías jugando de pibe y decías ‘paráaa’ (increíble)», cuenta Walter.

«Traviesos, pero sanos»

El amigo de aventuras de Leo recuerda cómo probaban distintos deportes en las calles: rugby, béisbol, fútbol-tenis. Y también cómo en ocasiones hacían enfurecer a los militares en su afán por llegar a la escuela.

«Cortábamos los alambres del Batallón 121 para cruzar por el medio del predio y cortar camino al colegio, y nos corría algún militar que estaba de guardia», rememora a la AFP entre risas Walter, aunque enseguida aclara: «Éramos bastante traviesos, pero sanos».

Andrea Sosa es ahora una docente jubilada, pero en 1997 daba matemáticas en quinto y sexto grado en la escuela General Las Heras, a pocas cuadras de la vivienda de los Messi.

Dice a la AFP que a Lionel «le gustaba salir al recreo corriendo para jugar a la pelota con lo que hubiera: la armaban con papel, medias, tapitas (de gaseosa)».

La «Pulga», como le decían de niño por su contextura física, se destacaba por su velocidad y habilidad.

Quienes lo vieron jugar a los ocho años aseguran que hacía lo mismo que hizo luego, cuando el mundo lo descubrió en el Barcelona a partir de 2004.

En la memoria de Domínguez, su primer entrenador, «lo que hace Leo hoy en una cancha de primera división, lo que hace en un Mundial, lo hacía a los 12 años».

«Lo sabía todo»

Tras un paso por el club Abanderado Grandoli, Messi fue a probar suerte a Malvinas Argentinas, las categorías infantiles del club Newell’s Old Boys, del que es hincha.

«Arrancamos en 1999 con Leo (…) y para mí fue un regalo de Dios», recuerda Domínguez, de 72 años. «Una vez me preguntaron ‘¿qué reconoce usted de lo que le enseñó cuando le ve jugar a Leo?’. Nada, porque no se le podía enseñar nada, él lo sabía todo».

Cuando dejó de entrenarlo ese mismo año le comunicó al coordinador del club su renuncia: «Cuando dije que había entrenado al mejor jugador del mundo, me quedé corto: para mí es el mejor jugador de la historia».

La economía familiar de los Messi a finales del siglo pasado no era la mejor.

Adrián Coria fue técnico de Leo en su paso a la cancha grande en Newell’s, luego se reencontró con él en el Barcelona y en la selección argentina como ayudante del DT Gerardo Martino. Recuerda que Jorge Messi llevaba a su hijo a entrenar con un gran esfuerzo.

Tenían «un Renault 12 que estaba medio hecho pedazos» y a veces decía que ignoraba si al día siguiente volvería «porque no tenía para la nafta», cuenta a la AFP.

Jorge había perdido el empleo y la cobertura de salud cuando le descubrieron a su hijo un problema de crecimiento que requería un tratamiento costoso.

«En ese momento Leo regalaba 40 centímetros de estatura con el resto de sus compañeros y 15 kilos. ¿Sabés lo que es eso para un jugador? Terrible», señala Coria.

Pero él ya «sabía lo que quería en su vida: quería ser futbolista, quería ser el mejor».

Con la promesa de que lo ayudarían a resolver su problema de crecimiento, Messi dejó Newell’s y se incorporó al club catalán en el 2000, con solo 13 años.

El resto es historia conocida.

FUENTE: AFP