Cuando la respuesta de un gobernante termina generando una crisis
Por Diestra La Revista
Una pregunta puede durar apenas unos segundos. Una respuesta, en cambio, puede permanecer durante horas o días circulando en titulares, videos y redes sociales. Y cuando quien responde es un presidente, no solamente comunican sus palabras: también lo hacen el tono, los gestos, las pausas, la extensión de la explicación y, algunas veces, la decisión expresa de no contestar.
Un reciente intercambio del presidente de Guatemala, Bernardo Arévalo, con periodistas vuelve pertinente una interrogante que trasciende al mandatario y alcanza directamente al ejercicio del poder: ¿es el silencio, algunas veces, una mejor respuesta? Durante el episodio, después de una reacción de risa, el mandatario expresó: “No voy a referirme a lo segundo porque no tiene mucho sentido”. No corresponde atribuir intenciones a una expresión facial ni afirmar, únicamente por las imágenes, cuál fue la razón de esa reacción. Lo que sí puede analizarse es la decisión comunicacional que siguió: considerar que una parte de lo planteado no ameritaba respuesta.
Un presidente no comunica en el vacío
El episodio adquiere mayor importancia por el contexto político en el que ocurre.
El presidente Arévalo atraviesa un momento complejo en términos de percepción pública. En el ranking de agosto de 2026 elaborado por CB Global Data aparece en la posición 17 entre 18 mandatarios latinoamericanos evaluados, con 29.5 % de imagen positiva, únicamente por encima de Delcy Rodríguez, de Venezuela.
Una encuesta no determina por sí sola la calidad de un gobierno ni permite atribuir automáticamente las causas de aprobación o desaprobación. Sin embargo, sí proporciona una fotografía de la percepción existente en un momento determinado.
Y esa percepción importa para comunicar.
Un gobernante con altos niveles de confianza dispone normalmente de mayor margen para cometer errores comunicacionales. Cuando predomina la desaprobación, en cambio, una frase, una reacción o una explicación prolongada puede ser interpretada a través de una percepción negativa previamente instalada.
La comunicación presidencial no comienza cuando el presidente expresa una frase. Comienza con lo que la ciudadanía ya piensa de él.
Llegar al poder y aprender a comunicarlo
El gobierno del mandatario guatemalteco Bernardo Arévalo nació, además, dentro de una intensa controversia política y judicial.
Aquí es necesario diferenciar los hechos. Durante y después del proceso electoral de 2023 existieron acusaciones de fraude y una fuerte judicialización alrededor de Movimiento Semilla. Eso no permite afirmar como hecho probado que la elección presidencial haya sido fraudulenta. Los resultados fueron oficializados por el Tribunal Supremo Electoral.
Distinto es el destino posterior de la organización política que llevó a Arévalo a la Presidencia: Movimiento Semilla terminó cancelado judicialmente.
Desde entonces, el Gobierno ha debido administrar simultáneamente expectativas ciudadanas, conflictos políticos, problemas de seguridad, dificultades de gestión y una permanente batalla por controlar su propia narrativa.
La comunicación tampoco ha permanecido intacta. El periodista Haroldo Sánchez comenzó como secretario de Comunicación Social de la Presidencia y fue sustituido en julio de 2024 por el abogado Santiago Palomo, dentro de una reorganización anunciada por el propio Gobierno y luego llegó la comunicadora Karina García. Es evidente que ninguna de las 3 personas que han ocupado y ocupan el cargo han sido eficientes en comunicar la acción de Gobierno y menos en construir un liderazgo para el presidente guatemalteco.
El presidente es también el mensaje
Un presidente no es únicamente una fuente de información.
Es el principal vocero de su gobierno y, en determinados momentos, se convierte él mismo en parte del mensaje.
Esto adquiere especial relevancia durante una crisis. Cuando la preocupación ciudadana gira alrededor de seguridad, violencia, economía o gobernabilidad, una respuesta presidencial debería permitir comprender al menos dos puntos:
- Qué está ocurriendo, qué está haciendo el Estado y qué puede esperar la ciudadanía.
Si al terminar la intervención la conversación pública se concentra en cómo respondió el mandatario, en una expresión determinada o en el enfrentamiento con quien preguntó, puede aparecer un fenómeno particularmente peligroso para cualquier gobierno:
2. La comunicación comienza a competir con el problema que debía explicar.
Un presidente puede incluso tener razón frente a un periodista y perder comunicacionalmente.
Porque el objetivo de una comparecencia presidencial no debería ser ganar una discusión. Es conseguir que el ciudadano comprenda mejor la situación después de escuchar al gobernante que antes de hacerlo.
México decidió responder
El debate no pertenece exclusivamente a Guatemala.
México está experimentando con una fórmula diferente. El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum incorporó a sus conferencias un espacio denominado “Derecho de Réplica”, destinado a responder y contrastar públicamente informaciones difundidas por medios y redes sociales que el Gobierno considera falsas, imprecisas o descontextualizadas.
El modelo parte de una premisa legítima: el Gobierno también tiene derecho a responder.
La libertad de prensa no significa que una autoridad deba permanecer en silencio frente a información que considera incorrecta. De la misma manera, el derecho de réplica no significa que la prensa deba renunciar a investigar, cuestionar o incomodar al poder.
Pero México introduce una interrogante adicional.
Cuando quien replica no es un ciudadano sino el Estado —con sus plataformas, recursos, conferencias y capacidad de amplificación— debe existir una frontera clara entre responder y señalar; aclarar y desacreditar; ejercer el derecho de réplica y utilizar el peso institucional frente a quien cuestiona al poder.
La prensa tampoco está exenta
Sería incompleto analizar solamente al gobernante.
El periodismo también ejerce poder.
Una pregunta puede ser incómoda y perfectamente legítima. Pero también existen informaciones construidas sobre contextos incompletos, acusaciones insuficientemente contrastadas, titulares que exceden lo demostrado o publicaciones donde el señalado carece de una oportunidad razonable para ofrecer su versión. O cuando la arrogancia del periodista no permite una respuesta del gobernante.
La libertad de prensa exige independencia frente al poder, pero también rigor frente a los hechos.
Un gobierno debe aceptar preguntas incómodas.
Un periodista debe aceptar respuestas incómodas.
Y ambos deben aceptar la posibilidad de ser contrastados.
El ciudadano, finalmente, debería disponer de suficientes elementos para formar su propia opinión.
Entonces, ¿es mejor guardar silencio?
No necesariamente.
El silencio puede evitar una respuesta precipitada, pero también puede generar incertidumbre, alimentar especulaciones o convertirse en una forma de evasión.
Responder puede aportar transparencia, información y dirección.
Y confrontar puede resultar necesario cuando existe una falsedad demostrable.
El problema aparece cuando el gobernante confunde responder con discutir, o cuando considera que contestar ampliamente cada cuestionamiento equivale necesariamente a comunicar mejor.
Existe una cuarta alternativa:
responder estratégicamente.
Escuchar la pregunta.
Reconocer la preocupación legítima.
Presentar información verificable, (actualizada permanentemente con cifras y datos reales)
Explicar qué está haciendo el Estado.
Y terminar.
Porque también saber cuándo termina una respuesta forma parte del ejercicio del poder.
El episodio guatemalteco y la experiencia mexicana representan modelos distintos, pero conducen hacia una misma discusión regional.
El gobernante tiene derecho a responder.
El periodista tiene derecho a preguntar.
La prensa tiene la obligación de contrastar.
El Estado tiene la obligación de rendir cuentas.
Y la ciudadanía tiene derecho a conocer.
Por eso quizá la pregunta no sea únicamente:
¿Es el silencio una mejor respuesta?
La interrogante de fondo podría ser todavía más importante:
¿Ha aprendido el poder cuándo hablar, cómo responder y cuándo guardar silencio?
Ese es el debate.
Y apenas comienza.
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