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martes, julio 28, 2026

Guatemala 2027: Elecciones o deselecciones

Guatemala no enfrenta únicamente una crisis de participación electoral. Enfrenta una disputa silenciosa sobre quién puede influir, quién representa a la comunidad migrante y cuánto poder político está dispuesto a reconocerle el sistema a quienes sostienen buena parte de la economía nacional, pero continúan casi ausentes de las urnas.

Por el Centro de Inteligencia Editorial de Diestra La Revista

New York.-  Cada cuatro años Guatemala vuelve a hablar de elecciones. Los partidos reorganizan sus estructuras, aparecen nuevos aspirantes, resurgen viejos liderazgos y comienzan las estrategias para conquistar el voto ciudadano.

Las plataformas digitales se llenan de fotografías, recorridos, transmisiones, videos, mensajes, seguidores, reacciones y cifras que pretenden demostrar fuerza política. Pero detrás de esa exposición existe una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate:

¿Los guatemaltecos siguen creyendo que elegir gobernantes cambia realmente el rumbo del país?

Quizá el mayor desafío del proceso electoral de 2027 no será determinar quién ganará la Presidencia, cuántos diputados obtendrá cada partido o quién administrará las municipalidades. El problema podría ser mucho más profundo: recuperar la confianza de una ciudadanía que observa cómo los gobiernos cambian, mientras muchos de los problemas  permanecen.

Por eso planteamos una primera hipótesis:

Guatemala podría estar transitando de las elecciones hacia las de-selecciones: un proceso en el que el ciudadano continúa votando, pero deja de creer que su elección producirá resultados diferentes.

No afirmamos que ese proceso esté consumado. Sostenemos que ya existen suficientes señales para comenzar a observarlo.

La pérdida de interés no comienza en las urnas

La decadencia del entusiasmo electoral no necesariamente surge de la indiferencia ciudadana. Puede ser el resultado acumulado de gobiernos que prometieron demasiado, resolvieron poco y dejaron la percepción de que, sin importar quién gane, las necesidades fundamentales seguirán esperando.

Cuando el ciudadano deja de confiar en la efectividad de las acciones gubernamentales, el voto pierde parte de su valor simbólico.  La elección se convierte entonces en una obligación periódica, no en una esperanza de transformación.

Allí comienza la deselección: no cuando el ciudadano renuncia formalmente a votar, sino cuando participa sin convicción, elige por descarte, acepta la opción menos negativa o concluye que ninguna candidatura representa verdaderamente sus intereses.

Las elecciones de 2027 podrían desarrollarse en medio de esa fatiga.  Y ese elemento será más determinante que muchas campañas, encuestas o estrategias digitales.

La ilusión digital del respaldo político

Las plataformas muestran a los candidatos, pero no necesariamente permiten comprenderlos.

Existe tanta información, tantos mensajes y tanta repetición que, en ocasiones, la comunicación termina anulándose a sí misma. El ciudadano ve rostros, escucha consignas y observa decenas de publicaciones, pero no siempre logra identificar una propuesta clara ni recordar qué diferencia a un candidato de otro.

Las campañas parecen asumir que publicar más equivale a convencer más.

No es así.

Ser visto no significa ser escuchado.

Tener seguidores no significa tener electores.

Acumular reacciones no significa construir confianza.

Un candidato puede producir decenas de mensajes diarios, exhibir miles de “me gusta” y mostrar supuestas comunidades digitales sin haber logrado que el ciudadano comprenda qué propone, cómo gobernará o por qué debería creerle.

Algunos seguidores pueden ser auténticos. Otros pueden provenir de publicidad, estructuras partidarias, cuentas automatizadas o audiencias que reaccionan sin comprometerse electoralmente.

La exposición digital es fácil de medir. La convicción ciudadana, no.

Por eso, el desafío no consiste en ocupar todas las plataformas, sino en construir un mensaje que sobreviva a la saturación informativa.

Cuando todos hablan al mismo tiempo, no necesariamente gana quien grita más. Puede ganar quien logra que una idea sea entendida, recordada y considerada creíble.

Guatemala tiene dos grupos electores

El análisis electoral tradicional observa principalmente al ciudadano que se presenta ante una mesa y deposita una papeleta.

Pero Guatemala tiene una realidad más compleja.

Existen, al menos, dos grupos con capacidad de influir en el proceso.

El primero está integrado por quienes ejercen formalmente el sufragio.

El segundo está conformado por los guatemaltecos radicados en el exterior, principalmente en Estados Unidos, quienes en muchos casos no están empadronados, no cuentan con un centro de votación cercano o sencillamente no pueden ejercer su derecho electoral desde el lugar donde viven.

Uno emite el voto. 

El otro puede influir en la decisión.

Esa influencia no debe interpretarse automáticamente como imposición. Tampoco significa que todas las familias obedezcan las recomendaciones de sus parientes en el extranjero. Pero ignorar su peso sería desconocer una realidad presente en numerosos municipios.

El migrante envía recursos. Financia la educación de sus hijos. Construye viviendas. Sostiene negocios familiares. Paga tratamientos médicos. Responde ante emergencias. Contribuye a celebraciones comunitarias.  Participa en proyectos religiosos, sociales y productivos.

Y, al mismo tiempo, mantiene conversaciones constantes sobre quién administra bien la municipalidad, qué diputado cumple, qué autoridad abandonó a la comunidad y qué candidato despierta confianza.

La pregunta ya no es solamente quién vota.

La pregunta es:

¿Cuánto influye en una decisión electoral quien sostiene económicamente a una familia y conoce desde lejos las consecuencias de una mala administración pública?

El migrante no solamente envía dinero

Reducir a la diáspora a las remesas es una de las simplificaciones más persistentes del discurso institucional.   El migrante no contribuye únicamente con recursos financieros.

También aporta experiencia.

Quien vive fuera del país observa otras formas de organización comunitaria, servicios municipales, sistemas de transporte, atención institucional, cumplimiento de normas, mecanismos de participación y responsabilidades ciudadanas.

Esa experiencia no convierte automáticamente al migrante en un experto político, pero sí le permite comparar.

Y la comparación modifica la manera de interpretar Guatemala.

Desde lejos puede observarse con mayor claridad un escenario nacional atomizado, dominado por numerosos partidos, liderazgos temporales, candidaturas improvisadas y organizaciones que nacen para una elección y desaparecen después de ella.

Lo que dentro del país puede terminar normalizándose, desde el exterior puede parecer incomprensible.

El migrante razona, analiza, compara.  Pregunta cómo se utilizan los impuestos, cuestiona por qué una carretera no se termina.  Observa por qué un alcalde permanece durante años sin resolver los mismos problemas,  pregunta qué hizo un diputado por el distrito.  Y busca la mejor manera de contribuir con su familia y su comunidad.

Por eso no debe ser tratado como una audiencia cautiva, emocionada por una bandera, una fotografía o la visita ocasional de un candidato.  Mucho menos como una comunidad que puede convencerse mediante saludos, eventos sociales o publicaciones diseñadas únicamente para aparentar cercanía.

La fragilidad de la representación migrante

La comunidad guatemalteca en Estados Unidos está menos articulada que otras comunidades latinoamericanas con mayor tradición organizativa, como la mexicana.

Existen asociaciones, empresarios, dirigentes comunitarios, organizaciones religiosas y grupos cívicos valiosos. Sin embargo, no se ha consolidado una estructura ampliamente reconocida que represente de manera plural y permanente la diversidad de la diáspora guatemalteca.

Esa fragmentación genera una debilidad importante.

Quienes aparecen públicamente junto a autoridades, funcionarios o candidatos pueden ser presentados como representantes de la comunidad, aunque su liderazgo no necesariamente provenga de un proceso abierto, democrático o verificable.

La visibilidad no equivale a legitimidad.  Una fotografía con un funcionario no concede representación.  Una invitación oficial no convierte a una persona en portavoz de millones.

La organización de un evento tampoco otorga automáticamente el derecho de hablar en nombre de toda una comunidad.  En algunos casos, actividades anunciadas como encuentros de interés migrante terminan utilizadas para respaldar candidaturas, promover figuras políticas o construir relaciones particulares.

Cuando eso ocurre, la agenda de la comunidad queda subordinada a intereses individuales. El migrante deja de ser el centro del evento y se convierte en escenario.

De allí surge una pregunta que debe formularse directamente:

¿Quién representa realmente a los guatemaltecos que viven en Estados Unidos?

Y otra todavía más incómoda:

¿A quién beneficia que esa representación continúe fragmentada, débil y vulnerable al interés del mejor postor?

Entre la representación y la utilización política

No toda cercanía entre dirigentes comunitarios y políticos constituye una irregularidad. Las comunidades necesitan interlocutores, enlaces y personas capaces de plantear sus demandas.

El problema aparece cuando la interlocución se transforma en exclusividad, cuando determinados grupos se atribuyen la representación colectiva o cuando los eventos comunitarios son utilizados para favorecer intereses partidarios sin informar claramente a los participantes.

Una comunidad desorganizada tiene menor capacidad para exigir.  Una comunidad fragmentada puede ser convocada por separado.  Una comunidad sin mecanismos de representación puede terminar hablando mediante voces seleccionadas por el propio poder político.

En lugar de que los migrantes elijan a sus representantes, el sistema puede terminar escogiendo con quién desea dialogar.  Ese es un riesgo que merece ser observado. Porque una cosa es representar a la comunidad.  Y otra muy distinta es ser presentado por funcionarios o candidatos como su representante.

El antecedente de 2015

La jornada cívica “No votamos, pero sí contamos”, desarrollada en 2015, expresó con claridad la frustración de una comunidad que quería participar en la vida política de Guatemala, aunque no contaba entonces con mecanismos oficiales para ejercer el sufragio desde el extranjero.

Miles de migrantes participaron simbólicamente para demostrar que su influencia política no debía medirse únicamente por la existencia de una papeleta.

El mensaje era sencillo, pero poderoso:

No votamos, pero sí contamos.

Aquella expresión tuvo también una dimensión política. La candidatura de Jimmy Morales consiguió conectar con sectores de la comunidad migrante mediante un mensaje directo, comprensible y cercano al rechazo ciudadano hacia la política tradicional.

Más allá de la evaluación posterior de su gobierno, aquel momento demostró que la diáspora puede reaccionar cuando percibe que una candidatura interpreta su malestar o reconoce su importancia.

Sin embargo, el problema continúa.  La comunidad migrante sigue contando para la economía, pero apenas decide mediante el voto.

Pocos empadronados, pocos centros y el mismo modelo

En lo que resta para el inicio formal de la campaña y la celebración de las elecciones, parece poco probable que la participación electoral de los guatemaltecos en Estados Unidos cambie sustancialmente si se mantienen los mismos métodos.

La ecuación es conocida: Pocos empadronados. Pocos centros de votación. Grandes distancias. Jornadas laborales difíciles. Temor e incertidumbre migratoria. Baja confianza en las instituciones. Escasa organización comunitaria.

Si el Tribunal Supremo Electoral concentra nuevamente el empadronamiento y la votación en la red consular, el país debe preguntarse por qué espera resultados distintos utilizando una estrategia similar.

Estados Unidos no es un territorio pequeño.

Veintidós consulados no equivalen a veintidós centros accesibles para toda la población guatemalteca. Hay migrantes que viven a varias horas de una sede consular, trabajan durante fines de semana, no poseen transporte o evitan instalaciones vinculadas con gobiernos debido al clima migratorio.

El sistema parece esperar que el ciudadano se adapte a la institución.

La lógica debería ser la contraria:

La institución electoral debe adaptarse a la realidad territorial, laboral y social del ciudadano.

Sin una estrategia nueva, el resultado puede volver a ser el mismo: escasos empadronados y una participación mínima frente a la magnitud de la comunidad migrante.

¿Incapacidad institucional o conveniencia política?

Aquí aparece la interrogante central de este análisis:

¿La baja participación electoral de los guatemaltecos en el exterior es únicamente producto de limitaciones administrativas o también resulta conveniente para un sistema político que no desea compartir plenamente el poder de decisión con la diáspora?

No afirmamos que exista una estrategia concertada entre el Gobierno, los partidos y las instituciones electorales para excluir a los migrantes.

Pero tampoco resulta razonable aceptar indefinidamente que los mismos errores produzcan los mismos resultados sin revisar a quién beneficia esa continuidad.

Cuando una política pública fracasa una vez, puede existir improvisación.

Cuando fracasa durante varios procesos y no cambia sustancialmente, la explicación ya no puede limitarse a la falta de interés ciudadano.

También corresponde examinar la voluntad de quienes diseñan y administran el sistema.

La pregunta debe formularse con severidad:

¿Qué grado de influencia están dispuestos a permitir el Gobierno, los partidos políticos y las instituciones electorales a una comunidad migrante que puede modificar conversaciones familiares, decisiones municipales y preferencias presidenciales?

La respuesta determinará si el voto en el exterior se convierte en un verdadero derecho o permanece como una concesión limitada.

El Ejecutivo, los consulados y la confianza electoral

El uso de consulados para facilitar el empadronamiento y la votación puede responder a razones operativas. Son instalaciones existentes, cuentan con personal y mantienen contacto con la comunidad.

Pero esa conveniencia administrativa no elimina un problema de confianza.

Los consulados dependen del Organismo Ejecutivo. Sus autoridades son nombradas por el Gobierno y operan bajo la conducción del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Cuando la infraestructura electoral en el exterior descansa de manera significativa sobre instituciones controladas por el gobierno de turno, surge una inquietud legítima sobre la independencia, la fiscalización y la percepción de imparcialidad.

No basta con asegurar que el proceso será transparente.

Debe diseñarse para que todos los actores puedan comprobarlo.

El Tribunal Supremo Electoral necesita construir mecanismos que eviten cualquier percepción de que el Ejecutivo puede convertirse en juez y parte.

Eso requiere presencia electoral independiente, procedimientos públicos, observación, auditoría, acceso de fiscales partidarios y reglas claras para la recepción, custodia y conteo de los votos.

La confianza no se exige.

Se construye mediante controles visibles.

Y por eso el temor: Si me registro en USA, que garantiza que mi voto no aparezca favoreciendo al candidato por quien no vote?.  No se puede ser Juez y Part.

El Tribunal Supremo Electoral debe ser más audaz

El nuevo Tribunal Supremo Electoral tiene la oportunidad de romper con la inercia.

No puede limitarse a instalar mesas en consulados y esperar que la comunidad acuda.

Debe estudiar dónde viven los guatemaltecos, cuáles son sus horarios laborales, qué distancias enfrentan y en qué espacios comunitarios se sienten seguros.

Debe evaluar la apertura de centros de votación en ciudades, iglesias, centros comunitarios, instalaciones cívicas u otros lugares que cumplan con las garantías legales y operativas necesarias.

También debe exigir que los partidos políticos asuman su responsabilidad.

Las organizaciones que desean recibir votos en el exterior deben contar con fiscales de mesa, capacitar representantes y participar en la vigilancia del proceso.

Esa tarea no puede quedar depositada únicamente en personas que se autodenominan representantes comunitarios.

Cuando no existe fiscalización partidaria ni representación plural, el vacío puede ser ocupado por dirigentes circunstanciales, intereses particulares o estructuras vinculadas con candidaturas.

La transparencia electoral no debe depender de la buena voluntad de quienes aparecen en los eventos.

Debe estar garantizada por el diseño institucional.

La verdadera disputa

La discusión sobre el voto en el exterior no trata solamente de abrir más centros o empadronar a más personas.

Se trata de poder.

¿Quién puede participar?

¿Quién puede influir?

¿Quién controla la interlocución con la diáspora?

¿Quién decide quién representa a los migrantes?

¿Quién se beneficia cuando esa comunidad permanece dispersa?

¿Y quién pierde poder si los guatemaltecos en Estados Unidos se organizan, votan y comienzan a exigir resultados?

Guatemala celebra cada mes el ingreso de remesas.

Los gobiernos destacan su crecimiento.

Los indicadores económicos dependen de ellas.

Los comercios se benefician.

Las municipalidades observan cómo transforman comunidades completas.

Pero el reconocimiento termina casi siempre allí.

El migrante es suficientemente importante para sostener el consumo, financiar viviendas y estabilizar la economía.

Sin embargo, todavía no parece ser considerado suficientemente importante para intervenir plenamente en la selección de quienes administrarán el país.

Esa contradicción ya no puede presentarse como una simple dificultad logística.

Es un problema democrático.

Hipótesis del Centro de Inteligencia Editorial

A partir de esta primera aproximación, el Centro de Inteligencia Editorial de Diestra La Revista establece siete hipótesis que serán observadas durante el proceso de 2027:

Hipótesis 1. La confianza ciudadana influirá más en la participación electoral que la cantidad de mensajes producidos por los candidatos.

Hipótesis 2. La exposición digital continuará siendo confundida con respaldo político, aunque las cifras de seguidores y reacciones no reflejen necesariamente intención de voto.

Hipótesis 3. La influencia social y económica de la diáspora seguirá siendo mayor que su representación formal en las urnas.

Hipótesis 4. El migrante contribuirá al proceso electoral no solamente mediante recomendaciones políticas, sino a través de una lectura comparativa adquirida por su experiencia fuera del país.

Hipótesis 5. La fragmentación de la representación migrante facilitará que actores particulares se presenten como portavoces colectivos sin contar con legitimidad suficiente.

Hipótesis 6. Si el empadronamiento y la votación permanecen concentrados en pocos consulados, la participación volverá a ser reducida.

Hipótesis 7. La resistencia a ampliar el voto migrante podría explicarse no solamente por incapacidad institucional, sino también por el temor político a una comunidad menos controlable y con capacidad de influir sobre miles de familias.

Las preguntas que otros no están haciendo

Los partidos preguntarán cómo conseguir más seguidores.

Los candidatos preguntarán cómo aumentar sus reproducciones.

Las plataformas mostrarán tendencias, reacciones y niveles de alcance.

Las encuestas medirán intención de voto.

El Centro de Inteligencia Editorial hará preguntas diferentes:

¿Quién está escuchando realmente el mensaje?

¿Quién representa a la diáspora?

¿Quién decidió que esas personas podían hablar en su nombre?

¿Por qué una comunidad decisiva para la economía continúa siendo marginal en las urnas?

¿Por qué se repite un modelo de participación exterior que ya ha mostrado resultados limitados?

¿A quién beneficia que el migrante influya, pero no decida?

¿Cuánto poder está dispuesto a compartir el sistema político con los guatemaltecos que viven fuera del país?

Conclusión

Las elecciones de 2027 no comenzarán cuando el Tribunal Supremo Electoral publique la convocatoria.

Ya comenzaron.

Comenzaron en la desconfianza ciudadana.

En la saturación digital.

En las promesas que dejaron de convencer.

En los municipios que reciben remesas, pero no representación.

En las familias que escuchan al migrante, aunque este no pueda votar.

En los dirigentes que hablan en nombre de una comunidad que nunca los eligió.

En los partidos que buscan fotografías en Estados Unidos, pero no necesariamente una participación migrante autónoma.

Y en las instituciones que deberán decidir si vuelven a administrar un modelo limitado o si construyen un sistema electoral capaz de reconocer la realidad de una nación que también existe fuera de sus fronteras.

La pregunta no es solamente quién será elegido.

La pregunta es quién seguirá siendo excluido de la decisión.

Por eso hablamos de elecciones o deselecciones.

Porque una democracia no se debilita únicamente cuando se manipula un voto.

También se debilita cuando millones de ciudadanos concluyen que su voz no importa, cuando una comunidad es valorada por el dinero que envía pero no por las decisiones que puede tomar, y cuando la exposición sustituye a la representación.

La tarea de Diestra La Revista no será decirle al ciudadano por quién votar.

Será mostrarle qué intereses, omisiones y estructuras actúan alrededor de su decisión.

Porque comprender el poder también significa observar aquello que el poder preferiría mantener fuera de la discusión.

Metodología editorial

Este documento inaugura la serie “Lo que nadie está mirando”, desarrollada por el Centro de Inteligencia Editorial de Diestra La Revista. Cada entrega diferenciará los hechos verificables, las observaciones editoriales, las hipótesis de investigación y las interrogantes que requieren mayor documentación.

El propósito no es anticipar resultados ni favorecer candidaturas. Es identificar variables que suelen permanecer fuera de la cobertura electoral tradicional y someterlas a observación, contraste y seguimiento durante el proceso político de Guatemala.

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