20.4 C
New York
miércoles, agosto 26, 2026

Netflix recrea la captura de “El Chapo”

Diez años después, ¿qué cambió en México?

La captura revive uno de los episodios más conocidos de la historia reciente del narcotráfico mexicano. Diestra parte de aquella historia para formular otra pregunta: una década después de detener a uno de los capos más poderosos del mundo, ¿disminuyó el problema o simplemente se transformó?

Por Diestra la Revista

Netflix estrenó el viernes 21 de agosto La captura, una producción mexicana dirigida por Chava Cartas que recupera un episodio ocurrido diez años atrás: la detención de Joaquín “El Chapo” Guzmán después del operativo realizado en Los Mochis, Sinaloa, en enero de 2016.

Pero la película cambia deliberadamente el punto de vista.

El centro de la historia no es solamente el narcotraficante.

Son los policías.

Dos agentes federales se encuentran frente a uno de los hombres más buscados del mundo y, a partir de allí, la película construye un dilema alrededor del dinero, las amenazas, el deber y una pregunta particularmente inquietante:

¿En quién confiar?

La producción está inspirada en acontecimientos reales, aunque incorpora personajes compuestos y situaciones dramatizadas. No debe confundirse, por tanto, con un documental.

Pero quizá allí radique precisamente su mayor utilidad para comenzar otra conversación.

Porque mientras Netflix vuelve la mirada hacia 2016, México puede mirar hacia 2026 y formular una pregunta diferente:

¿Qué cambió realmente?

La captura

La detención de Joaquín Guzmán fue presentada entonces como uno de los grandes golpes contra el narcotráfico mexicano.

Había escapado de prisión. Había construido una organización con capacidad internacional. Su nombre simbolizaba durante aquellos años buena parte del poder alcanzado por las grandes estructuras del narcotráfico.

Finalmente fue capturado.

Después sería extraditado.

El capo salió de México.

Pero el negocio no desapareció.

Y esa diferencia resulta fundamental para comprender lo ocurrido durante la década siguiente.

Durante años, buena parte de las estrategias contra el narcotráfico en América Latina descansaron sobre una lógica aparentemente sencilla: identificar al jefe, perseguirlo, capturarlo y desarticular su organización.

El problema es que una organización criminal no depende únicamente de una persona.

Existen rutas.

Mercados.

Dinero.

Distribuidores.

Funcionarios corruptibles.

Estructuras financieras.

Territorios.

Armas.

Consumidores.

Y otros criminales dispuestos a ocupar los espacios que quedan vacíos.

Por eso detener a un capo puede representar una victoria importante para el Estado sin significar necesariamente la desaparición del fenómeno que permitió construirlo.

DOLOR

Las estadísticas de seguridad permiten medir homicidios, desapariciones, enfrentamientos y delitos.

Pero detrás de cada número existe algo que las tablas difícilmente pueden representar:

Dolor.

Familias que perdieron integrantes.

Comunidades sometidas al miedo.

Comerciantes obligados a modificar horarios.

Personas desplazadas.

Periodistas amenazados.

Funcionarios asesinados.

Municipios donde grupos criminales disputan territorios y economías ilegales.

La violencia mexicana no puede atribuirse exclusivamente al narcotráfico. Sería metodológicamente incorrecto convertir cada homicidio del país en una muerte relacionada con los cárteles.

Pero tampoco puede comprenderse la violencia contemporánea de determinadas regiones mexicanas ignorando las disputas entre organizaciones criminales.

Sinaloa constituye hoy uno de los ejemplos más evidentes.

La confrontación entre facciones que alguna vez pertenecieron a una misma estructura demuestra una paradoja de las estrategias de descabezamiento:

Cuando desaparece una autoridad criminal, no necesariamente desaparece su territorio.

Puede comenzar una guerra para ocuparlo.

DROGA

Existe además otro cambio fundamental.

La fotografía del narcotráfico de 2016 no es idéntica a la de 2026.

Durante décadas, hablar de producción de drogas en México llevaba inevitablemente hacia los cultivos.

Amapola.

Marihuana.

Rutas de cocaína procedentes de Sudamérica.

En 2015–2016, los monitoreos realizados por México y Naciones Unidas estimaron alrededor de 25,200 hectáreas de amapola.

Para 2016–2017 la estimación aumentó hasta aproximadamente 30,600 hectáreas.

Pero observar únicamente esos cultivos produciría hoy una conclusión equivocada.

Las estimaciones posteriores mostraron reducciones importantes y para 2022 Naciones Unidas situaba el cultivo mexicano de amapola alrededor de 9,790 hectáreas.

¿Significa eso que el narcotráfico se hizo pequeño?

No necesariamente.

Significa que el mercado cambió.

Las drogas sintéticas modificaron el negocio.

Ya no resulta suficiente observar una montaña para comprender la capacidad de una organización criminal.

Hay que observar laboratorios clandestinos, precursores químicos, cadenas logísticas, puertos, fronteras, redes financieras y mercados internacionales.

El narcotráfico también aprendió tecnología.

Aprendió logística.

Diversificó productos.

Diversificó actividades.

Y encontró nuevas maneras de producir enormes cantidades de dinero.

Por eso nuestra comparación no puede limitarse a preguntar si existen más o menos hectáreas cultivadas.

La pregunta correcta es:

¿Cuánto poder económico conserva el negocio criminal después de transformar su modelo?

PODER

Y entonces llegamos probablemente al elemento más delicado.

El narcotráfico necesita rutas para transportar.

Necesita dinero para operar.

Necesita información para protegerse.

Y en determinadas circunstancias puede buscar algo todavía más valioso:

Influencia.

Gobernadores.

Alcaldes.

Policías.

Funcionarios.

Políticos.

No todos pueden colocarse bajo una misma categoría.

Algunos han sido condenados.

Otros enfrentan acusaciones.

Otros han sido investigados.

Y sobre otros solamente existen señalamientos que jamás deberían presentarse como culpabilidad demostrada.

Pero la existencia de investigaciones y procesos relacionados con posibles vínculos entre funcionarios y organizaciones criminales obliga a estudiar una dimensión diferente del narcotráfico.

No solamente su capacidad para desafiar al Estado.

También su posible capacidad para intentar penetrarlo.

El caso que vuelve a colocar a Sinaloa en el centro

Diez años después de aquella captura, Sinaloa vuelve a ocupar el centro de una controversia que conecta narcotráfico y política.

El gobernador Rubén Rocha Moya enfrenta cargos presentados por fiscales estadounidenses que lo señalan de presuntamente conspirar con Los Chapitos, facción del Cártel de Sinaloa, para facilitar el narcotráfico a cambio de sobornos y apoyo político.

Rocha lo niega.

Ha calificado el caso como políticamente motivado.

El gobierno mexicano ha señalado que la evidencia proporcionada por Estados Unidos no resulta suficiente para justificar su arresto o extradición.

Pero México abrió su propia investigación.

La distinción resulta indispensable:

Una acusación no equivale a una condena.

Sin embargo, políticamente el episodio resulta extraordinariamente significativo.

No estamos hablando únicamente de la persecución de un capo.

Estamos hablando de acusaciones que alcanzan a un gobernador en funciones.

Rocha regresó brevemente al cargo el 21 de agosto después de varios meses de licencia. La reacción política provocó que volviera a solicitar licencia un día después.

La presidenta Claudia Sheinbaum calificó posteriormente aquel intento de retorno como imprudente e inapropiado.

El caso continúa abierto.

Y con él permanece abierta una pregunta mucho mayor:

¿Hasta dónde puede llegar la influencia de una organización criminal cuando deja de buscar únicamente caminos para transportar drogas?

Del camino al despacho

Durante décadas observamos mapas de narcotráfico.

Las líneas representaban rutas.

Sudamérica.

Centroamérica.

México.

Estados Unidos.

Carreteras.

Puertos.

Fronteras.

Pistas clandestinas.

Pero quizá exista otro mapa mucho más difícil de dibujar.

El mapa de las relaciones.

Quién proporciona información.

Quién permite operar.

Quién mira hacia otro lado.

Quién recibe dinero.

Quién es amenazado.

Quién resiste.

Quién denuncia.

Y quién termina colaborando.

Por eso una de las preguntas fundamentales de esta investigación podría resumirse de una manera sencilla:

El narco alguna vez buscó caminos para transportar la droga. ¿Descubrió después que algunos caminos podían atravesar los despachos del poder?

La fragmentación

La captura de grandes jefes tampoco produjo necesariamente organizaciones criminales más sencillas.

En muchos casos ocurrió lo contrario.

Las estructuras se dividieron.

Aparecieron facciones.

Nacieron organizaciones regionales.

Se construyeron alianzas temporales.

Antiguos aliados comenzaron a enfrentarse.

Investigaciones académicas sobre la fragmentación criminal mexicana han identificado centenares de organizaciones y denominaciones criminales durante las últimas décadas.

Eso no significa que México tenga centenares de grandes cárteles equivalentes.

Significa que debajo de las organizaciones nacionales existen estructuras regionales, células, alianzas y grupos locales cuya configuración cambia constantemente.

Y esa fragmentación puede producir otro problema.

Un gran capo puede negociar, ordenar o controlar.

Decenas de estructuras pequeñas compiten.

Y cuando compiten por un mismo territorio, la violencia puede convertirse en el instrumento para decidir quién permanece.

2016 frente a 2026

Variable México 2016 México 2026 Lo que cambió
Liderazgo criminal Grandes capos simbolizan organizaciones verticales Grandes organizaciones conviven con facciones y estructuras regionales Fragmentación
Droga Gran peso de cultivos tradicionales y tráfico de cocaína Mayor importancia estratégica de drogas sintéticas y cadenas químicas Transformación
Territorio Rutas para transportar mercancía ilícita Disputa de rutas, mercados y economías criminales diversificadas Expansión del modelo
Violencia Confrontación entre Estado y organizaciones y entre cárteles Guerras entre organizaciones y facciones continúan golpeando regiones Persistencia
Dinero Financiamiento basado principalmente en narcotráfico y actividades asociadas Portafolio criminal más amplio Diversificación
Política Corrupción y protección ya formaban parte del debate Investigaciones y acusaciones continúan alcanzando funcionarios y estructuras políticas Mayor escrutinio
Poder Control de rutas y territorios La penetración institucional aparece como variable crítica de seguridad nacional Riesgo institucional

La tabla permite observar algo importante.

No todo aumentó.

No todo disminuyó.

Cambió.

Y probablemente esa sea la palabra que mejor describe la década.

La estrategia del capo

La captura, la película de Netflix,  muestra a un narcotraficante intentando utilizar aquello que históricamente ha acompañado al crimen organizado:

dinero.

Miedo.

Influencia.

La película dramatiza esos acontecimientos, pero el mecanismo que plantea merece atención.

El poder criminal no existe únicamente porque alguien tiene armas.

Existe cuando logra convencer a otras personas de que resistirse resulta demasiado peligroso y colaborar demasiado rentable.

Por eso la fortaleza de una institución no puede medirse solamente por cuántos criminales captura.

También debe medirse por cuántos funcionarios pueden ser comprados y cuántos deciden no venderse.

Allí aparece una dimensión que muchas estadísticas de seguridad no consiguen registrar:

La integridad institucional.

El éxito de una captura y el fracaso de una conclusión

Capturar a Joaquín Guzmán fue una victoria del Estado mexicano.

Extraditarlo y conseguir posteriormente su condena en Estados Unidos representó otro golpe contra su estructura personal.

Negarlo sería absurdo.

Pero concluir que aquella captura podía significar el final del fenómeno habría sido igualmente equivocado.

El narcotráfico no era un hombre.

Era y continúa siendo un mercado.

Mientras exista demanda habrá incentivos económicos.

Mientras existan rutas habrá organizaciones interesadas en controlarlas.

Mientras exista dinero habrá intentos de corrupción.

Mientras existan instituciones vulnerables habrá estructuras criminales intentando penetrarlas.

Y mientras la estrategia se concentre exclusivamente en capturar individuos sin reducir simultáneamente las condiciones que permiten reproducir las organizaciones, aparecerán sustitutos.

Diez años después

Netflix recuperó una captura.

México enfrenta todavía las consecuencias de aquello que sobrevivió después.

El narcotráfico de 2026 no es exactamente el narcotráfico de 2016.

Cambió su estructura.

Cambió parte de sus productos.

Cambió su logística.

Se fragmentaron organizaciones.

Aparecieron nuevas disputas.

Y la relación entre crimen organizado y poder político continúa siendo objeto de investigaciones, acusaciones y confrontaciones institucionales.

Por eso quizá la pregunta correcta nunca fue:

¿capturaron al capo?

La pregunta era otra:

¿qué ocurrió con el sistema que permitió que ese capo existiera?

Diez años después, la respuesta comienza a resultar incómoda.

Cayó el capo. No cayó el negocio.

Se fragmentó, se reorganizó… y mutó.

Esta historia no termina aquí.  Colombia, donde la historia del gran narcotráfico adquirió dimensión mundial con Pablo Escobar y los grandes carteles, continúa ocupando un lugar central en la producción y salida de cocaína. México pasó de ser territorio estratégico de tránsito a convertirse en escenario de poderosos carteles capaces de controlar rutas, mercados y territorios, mientras el negocio se fragmentó y diversificó.

Y entre el sur productor y el enorme mercado del norte aparece Guatemala, un corredor geográfico estratégico cuya importancia resulta imposible ignorar. El gobierno del presidente Bernardo Arévalo mantiene cooperación antinarcóticos con Estados Unidos y ha solicitado equipo, capacitación, inteligencia y asistencia para la planificación estratégica y táctica, pero ha descartado que fuerzas militares estadounidenses ejecuten operaciones dentro del territorio nacional. Mientras las autoridades reportan importantes decomisos, extradiciones, destrucción de laboratorios e inhabilitación de pistas clandestinas, permanece una pregunta todavía más profunda: ¿están esos golpes consiguiendo desmantelar las estructuras locales y recuperar permanentemente los territorios donde durante años el narcotráfico construyó rutas, influencia y poder?

Porque decomisar droga no necesariamente significa recuperar territorio. Capturar extraditables no necesariamente desarticula las redes que permanecen. Y destruir una pista clandestina tampoco responde por sí solo quién proporcionó protección, información, financiamiento o capacidad de operación alrededor de ella.

Colombia. México. Guatemala.

Tres países. Tres posiciones geográficas diferentes dentro de una misma ruta. Y una investigación que apenas comienza.

Cuando la droga necesita rutas, el crimen busca territorio. Cuando necesita protección, busca influencia. Y cuando esa influencia alcanza a quienes toman decisiones, el narcotráfico deja de ser solamente un problema de DOLOR y SEGURIDAD: se convierte en un problema de PODER.

Lea también: https://diestralarevista.com/politica-narco-y-poder-una-denuncia-en-colombia-pone-en-el-banquillo-a-la-fiscal-general/

Casos de la vida real de México y Guatemala llevado a la pantalla del streaming
Artículo anterior

Artículos Relacionados

[rev_slider alias="rojos-cremas"]

Síguenos

203SeguidoresSeguir
44SuscriptoresSuscribirte

Últimos Artículos