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miércoles, agosto 26, 2026

LA CAMPAÑA TERMINA. EL GOBIERNO COMIENZA.

De las emociones del candidato a las realidades de la acción de gobierno: llegar al poder exige convencer; gobernar obliga a escuchar, informar, ejecutar y demostrar resultados

Por Diestra La Revista y el Centro de Estudios del Poder

New York.- Comunicar en campaña provoca emociones; informar desde el gobierno despierta obligaciones.

Cuando se construye una campaña electoral, uno de sus ingredientes fundamentales consiste precisamente en generar emociones. El candidato necesita despertar esperanza, identificación, entusiasmo, participación y respaldo. Busca que el ciudadano crea que un futuro diferente es posible y que él puede conducirlo hacia ese destino.

La campaña, por su propia naturaleza, habla fundamentalmente de lo que podría ocurrir.

Pero el día después de ganar una elección todo cambia.

El candidato comienza a desaparecer y aparece el gobernante. La promesa se convierte en responsabilidad. La expectativa debe transformarse en política pública. La propuesta empieza a medirse contra los recursos disponibles, las instituciones, los procedimientos, los funcionarios y, finalmente, contra los resultados.

También cambia el ciudadano.

Quien ayer escuchaba una promesa hoy pregunta por su cumplimiento.

Quien ayer acompañaba una esperanza hoy enfrenta una realidad.

Quien ayer entregó su voto hoy tiene derecho a exigir resultados.

Esta es posiblemente una de las transiciones más difíciles de comprender dentro de la comunicación política:

El candidato comunica posibilidades. El gobernante debe comunicar realidades.

Y allí comienza el verdadero desafío.

El error de seguir gobernando como candidato

Muchos gobiernos llegan al poder después de construir extraordinarias campañas de comunicación, pero continúan utilizando durante la administración prácticamente la misma lógica que utilizaron para conquistar el voto.

Cambian las oficinas, pero no necesariamente cambia la estrategia.

Continúan las consignas.

Continúan los grandes escenarios.

Continúa la búsqueda permanente de aprobación.

Continúa la exposición de la figura presidencial.

Y ahora, además, aparecen millones de publicaciones, videos, likes, reproducciones y seguidores que permiten prolongar digitalmente la sensación de que la campaña nunca terminó.

Pero gobernar no es una campaña permanente.

Durante la campaña, el candidato puede prometer una carretera.

En el gobierno, el ciudadano transita por ella.

Durante la campaña puede ofrecer mejores hospitales.

En el gobierno, una familia llega a una emergencia y descubre si existe médico, medicina y capacidad para atenderla.

Durante la campaña puede hablar de educación.

En el gobierno, los padres llevan cada mañana a sus hijos a una escuela determinada.

Durante la campaña puede prometer seguridad.

En el gobierno, el ciudadano descubre cada día si puede caminar tranquilamente por su comunidad.

La diferencia es fundamental:

la realidad comienza a competir contra el discurso.

Y cuando discurso y realidad toman caminos diferentes, ninguna estrategia de comunicación puede ocultar indefinidamente esa distancia.

Gobernar mirando por el retrovisor

Existe otra forma de continuar en campaña después de haber ganado las elecciones: convertir al gobierno anterior en protagonista permanente del nuevo gobierno.

Durante una campaña electoral es natural que los candidatos cuestionen a quienes ejercen el poder. Se investigan errores, se denuncian deficiencias, se contrastan resultados y se presentan alternativas. Los partidos políticos, los medios de comunicación, las organizaciones sociales, los centros de análisis y los propios ciudadanos participan, desde diferentes perspectivas, en desnudar la realidad de la administración que termina.

Precisamente por eso, cuando el nuevo presidente asume el poder, buena parte de los problemas que recibe ya eran conocidos.

Las carreteras deterioradas, las deficiencias hospitalarias, los problemas educativos, la inseguridad, el endeudamiento, la corrupción, la debilidad institucional o la ineficiencia de determinados servicios difícilmente pueden presentarse durante demasiado tiempo como descubrimientos inesperados cuando muchos de ellos formaron parte de los argumentos utilizados durante la campaña para solicitar el voto.

Aquí aparece una contradicción importante:

Aquello que durante la campaña sirvió como argumento para conquistar el poder no puede convertirse indefinidamente en excusa para justificar la dificultad de ejercerlo.

Informar lo recibido es necesario

Esto no significa que una nueva administración deba guardar silencio sobre aquello que encuentra.

Todo lo contrario.

Un gobierno tiene la obligación de informar con transparencia las condiciones en que recibe el Estado: situación financiera, deuda, contratos, proyectos inconclusos, compromisos adquiridos, funcionamiento institucional, posibles irregularidades y problemas que pudieran haber sido desconocidos incluso durante la campaña.

Debe auditar.

Debe documentar.

Debe informar.

Y cuando encuentre indicios de posibles ilícitos, debe trasladarlos a las instituciones responsables.

Eso es rendición de cuentas.

Pero el diagnóstico debe convertirse en punto de partida, no en programa de gobierno.

El tiempo de espera también es capital político

Todo nuevo gobierno recibe algo extraordinariamente valioso que no aparece en ningún presupuesto:

tiempo ciudadano.

Existe inicialmente una disposición social a esperar.

Los ciudadanos comprenden que problemas acumulados durante años no pueden resolverse en semanas. Una nueva administración necesita organizar equipos, conocer las instituciones, establecer prioridades y comenzar a ejecutar.

Pero ese período de tolerancia tiene fecha de vencimiento, aunque nadie pueda establecer exactamente cuál es.

Y puede desperdiciarse.

Un gobierno puede utilizar sus primeros meses para avanzar sobre sus prioridades o consumirlos explicando repetidamente quién produjo los problemas que recibió.

Al principio, la explicación puede ser aceptada.

Después comienza a desgastarse.

Y finalmente aparece una pregunta inevitable:

¿Qué está haciendo usted para resolverlo?

El reloj del poder nunca se detiene.

De “esto encontramos” a “esto estamos resolviendo”

Una comunicación gubernamental madura debería evolucionar junto con la propia administración.

Primero:

Esto encontramos.

Después:

Este es nuestro diagnóstico.

Luego:

Estas son nuestras prioridades.

Posteriormente:

Esto estamos haciendo.

Y finalmente:

Estos son los resultados.

La secuencia debería ser:

HERENCIA → DIAGNÓSTICO → PLAN → ACCIÓN → RESULTADOS

El problema aparece cuando el gobierno queda atrapado en:

HERENCIA → DIAGNÓSTICO → HERENCIA → DIAGNÓSTICO

y nunca consigue trasladar suficientemente la conversación hacia:

PLAN → ACCIÓN → RESULTADOS.

Cuando eso ocurre, la comunicación comienza a revelar algo más profundo que una estrategia equivocada.

Puede provocar legítimamente una pregunta:

Si los principales problemas ya eran conocidos durante la campaña, ¿existía realmente un plan suficientemente desarrollado para enfrentarlos al llegar al gobierno?

La pregunta no significa afirmar automáticamente que el plan no exista. Gobernar siempre revela dimensiones de los problemas que desde la oposición o desde una campaña resultaban imposibles de conocer completamente.

Pero cuanto más tiempo una administración depende de la explicación de la herencia recibida, mayor puede ser la percepción ciudadana de improvisación, debilidad del plan o dificultad para convertir el diagnóstico electoral en acción gubernamental.

El pasado tiene responsables; el presente empieza a tenerlos

Hay una realidad incómoda para cualquier nuevo gobernante:

cada día que pasa disminuye su capacidad de atribuir el presente exclusivamente al pasado.

El primer día prácticamente todo fue heredado.

Después comienzan las decisiones propias.

Los nombramientos son propios.

Las prioridades empiezan a ser propias.

La ejecución presupuestaria comienza a ser propia.

Las políticas adoptadas son propias.

Las decisiones tomadas —y las que no se toman— comienzan también a pertenecer al nuevo gobierno.

Hasta que llega un momento en que el ciudadano deja de preguntar:

¿Quién creó este problema?

y comienza a preguntar:

¿Por qué todavía no lo han resuelto?

Ese cambio es determinante para la gobernabilidad.

Del culpable a la solución

La comunicación gubernamental tampoco debería borrar responsabilidades históricas.

Si una administración anterior tomó decisiones equivocadas, deben documentarse.

Si existieron actos de corrupción, deben investigarse.

Si quedaron compromisos financieros perjudiciales, deben conocerse.

Pero existe una diferencia enorme entre establecer responsabilidades y administrar culpables.

La primera fortalece la rendición de cuentas.

La segunda puede terminar sustituyendo la acción.

Y un gobierno que permanece mirando demasiado tiempo por el retrovisor corre el riesgo de descubrir que mientras explicaba quién dejó los obstáculos el mandato continuó avanzando.

La campaña acusa; el gobierno resuelve

Este punto conecta directamente con la tesis central de nuestro análisis.

Durante una campaña es perfectamente comprensible escuchar:

“Ellos hicieron esto mal.”

El candidato necesita explicar por qué representa una alternativa.

Pero una vez convertido en gobernante, la ciudadanía necesita escuchar progresivamente algo diferente:

“Esto encontramos.”

“Esto corregiremos.”

“Esto estamos haciendo.”

“Esto conseguimos.”

La diferencia parece semántica.

En realidad es la diferencia entre competir por el poder y ejercerlo.

El candidato puede ganar explicando por qué el gobierno anterior fracasó. El gobernante solamente podrá conservar la confianza demostrando qué está haciendo diferente.

Una elección puede ganarse mirando hacia atrás. Un gobierno debe construirse mirando hacia adelante.

“El Presidente está trabajando” no debe ser noticia

Durante décadas se han utilizado en distintos países versiones de una frase que merece ser analizada:

“El Presidente está trabajando.”

Pero trabajar es precisamente aquello para lo que fue electo.

Decir que un presidente trabaja aporta muy poco al ciudadano si la comunicación no responde las preguntas importantes:

¿Qué está haciendo?

¿Por qué lo está haciendo?

¿Cuánto cuesta?

¿Qué problema intenta resolver?

¿En cuánto tiempo espera resolverlo?

¿Cómo se medirá el resultado?

¿Y cómo cambiará esa decisión la vida de los ciudadanos?

La comunicación pública no debería limitarse a demostrar actividad.

Debe explicar acción, propósito y resultado.

Esto no significa esconder al gobernante. La presencia presidencial puede constituir una poderosa herramienta de comunicación y liderazgo.

La diferencia consiste en entender para qué aparece el gobernante.

No debería aparecer únicamente para demostrar que trabaja.

Debe aparecer también donde existen problemas, escuchar directamente, supervisar, preguntar, exigir respuestas a sus funcionarios y explicar posteriormente qué se hará.

La imagen del gobernante adquiere sentido cuando está asociada a la realidad que administra.

Gobernar también significa salir de la oficina

El ejercicio del poder puede producir aislamiento.

Los informes llegan.

Los asesores explican.

Los ministros presentan resultados.

Las estadísticas muestran avances.

Las redes sociales producen comentarios favorables.

Y progresivamente puede construirse alrededor del gobernante una realidad diferente de la que experimenta el ciudadano.

Por eso la presencia institucional en los territorios tiene valor.

Pero existe una diferencia entre visitar una comunidad y escuchar una comunidad.

Muchos gobiernos trasladan gabinetes completos a diferentes territorios y convierten esos encuentros en grandes eventos. Funcionarios explican sus logros, dirigentes locales plantean demandas, adversarios cuestionan resultados y finalmente la reunión puede terminar convertida en un escenario político.

La fotografía existe.

El evento ocurrió.

Pero quizá nadie escuchó realmente.

Existe otra metodología.

Primero escuchar a las autoridades locales.

Después escuchar directamente a la población.

Identificar necesidades y contradicciones.

Contrastar esa información.

Y solamente entonces sentarse con ministros, secretarios y funcionarios responsables.

¿Por qué?

Porque si el funcionario habla primero puede condicionar el diagnóstico.

Si el ciudadano habla primero, el gobernante llega a la reunión administrativa con preguntas.

Y eso cambia profundamente la dinámica del poder.

Escuchar no consiste únicamente en permitir que alguien hable. Escuchar significa incorporar lo escuchado a la decisión.

Una ventanilla también es comunicación gubernamental

Existe otra equivocación frecuente: pensar que comunicación gubernamental significa televisión, radio, conferencias de prensa, comunicados, redes sociales y publicidad.

No.

La comunicación gubernamental ocurre también en una ventanilla.

Una fila de cuatro horas comunica.

Un teléfono que nadie responde comunica.

Un hospital sin medicamentos comunica.

Una escuela abandonada comunica.

Una carretera destruida comunica.

Un trámite incomprensible comunica.

Un funcionario indiferente comunica.

Y exactamente de la misma manera, un servicio eficiente también comunica.

Una persona que llega a una institución pública, resuelve su trámite rápidamente y recibe una respuesta adecuada posiblemente haya experimentado una comunicación gubernamental mucho más poderosa que cualquier anuncio de televisión.

La gestión comunica.

Por eso, ante un servicio deficiente, la primera respuesta del Estado no debería ser automáticamente contratar más personas, aumentar presupuestos o construir nuevas instalaciones.

Primero debería preguntarse:

¿Está correctamente diseñado el proceso?

En muchas ocasiones, reorganizar horarios, distribuir responsabilidades, modificar procedimientos y aprovechar mejor los recursos existentes puede transformar completamente un servicio.

Y existe una consecuencia adicional.

Cuando un proceso público es innecesariamente difícil aparecen intermediarios.

Cuando existen filas interminables aparece quien ofrece evitarlas.

Cuando existe escasez artificial aparece quien cobra por conseguir aquello que debería estar disponible.

Los procesos deficientes no solamente producen frustración.

También pueden abrir oportunidades para la corrupción.

La pauta oficial: cuando informar puede convertirse en comprar silencio

Aquí aparece uno de los temas más delicados de la comunicación gubernamental: la publicidad oficial.

Los gobiernos necesitan pauta.

El Estado debe informar sobre salud, educación, seguridad, emergencias, impuestos, servicios, derechos, programas y decisiones que afectan directamente a la población.

Comprar espacios en medios de comunicación es, por tanto, una herramienta legítima de comunicación pública.

El problema comienza cuando la pauta deja de distribuirse utilizando criterios verificables de audiencia, territorio, pertinencia, alcance, eficiencia y costo, y empieza a utilizarse para administrar la relación política entre gobierno y medios.

Entonces puede aparecer una ecuación peligrosa:

“Te doy pauta y espero complacencia.”

O su contraparte:

“Me criticas y pierdes pauta.”

No siempre es necesaria una orden.

Ni siquiera es necesario pronunciar esas palabras.

Cuando un medio depende significativamente de los recursos gubernamentales y el gobierno tiene amplia discrecionalidad para decidir quién recibe publicidad, la propia estructura puede producir incentivos para la complacencia.

Aparece la autocensura.

Aparece el cálculo.

Aparece la pregunta sobre qué publicar y qué no publicar.

Y la pauta que debía servir para informar al ciudadano puede terminar convirtiéndose en moneda de intercambio entre dos poderes.

La responsabilidad tampoco pertenece únicamente al gobierno

Sería demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente al poder político.

Los medios también tienen responsabilidades.

Un medio que condiciona su independencia editorial a la publicidad oficial renuncia progresivamente a una parte de su función fiscalizadora.

Y un gobierno que utiliza recursos públicos para conseguir complacencia comete otro error: termina construyendo alrededor de sí mismo una realidad artificial.

Si nadie critica…

si nadie pregunta…

si nadie contradice…

si nadie investiga…

el gobernante puede comenzar a creer que todo funciona correctamente.

Por eso existe un principio que debería ser prácticamente innegociable:

La pauta oficial debe comprar espacios para informar al ciudadano; nunca silencios para proteger al gobernante.

El automóvil con los neumáticos sin suficiente aire

Podemos imaginar la comunicación gubernamental como un automóvil.

Puede tener un extraordinario motor.

Puede disponer de combustible.

Puede tener un conductor experimentado.

Puede existir una ruta perfectamente trazada.

Pero si los neumáticos tienen poco aire, el automóvil avanzará con dificultad.

Consumirá más recursos.

Perderá velocidad.

Y quizá nunca llegue oportunamente a su destino.

Algo similar ocurre con la comunicación pública.

Un gobierno puede tener información.

Puede tener resultados.

Puede tener presupuesto.

Puede tener tecnología.

Pero si los canales que deberían llevar esa información hasta la población están afectados por desconfianza, presiones, dependencia, improvisación o silencio, la comunicación pierde capacidad.

Y debemos recordar algo elemental:

el destino final de la comunicación gubernamental no es el Presidente.

Es el ciudadano.

El vacío de información nunca permanece vacío

Cuando la información institucional no llega, aparece un vacío.

Y los vacíos de información son espacios de poder.

Donde el gobierno no explica, alguien interpreta.

Donde una institución guarda silencio, alguien construye una versión.

Donde la información llega tarde, alguien llega primero.

Ese espacio puede ser ocupado por partidos políticos, grupos económicos, organizaciones sociales, operadores, grupos de presión, intereses particulares, campañas de desinformación o diferentes poderes fácticos.

Por eso una mala comunicación gubernamental no constituye únicamente un problema de relaciones públicas.

Puede convertirse en un problema de gobernabilidad.

Una sociedad insuficientemente informada tiene mayores dificultades para distinguir entre hechos, interpretaciones, propaganda, rumores y falsedades.

Y una población que no comprende qué está haciendo su gobierno difícilmente podrá evaluar correctamente sus resultados.

Pero la prensa tampoco puede esperar que el gobierno haga periodismo por ella

Existe otra responsabilidad que debe señalarse con la misma claridad.

El gobierno tiene obligación de informar.

La prensa tiene obligación de buscar.

La ausencia de un comunicado oficial no puede convertirse en ausencia de periodismo.

La falta de una conferencia de prensa no debería significar que un tema desaparezca.

El periodista debe preguntar.

Buscar documentos.

Contrastar versiones.

Consultar fuentes.

Examinar cifras.

Investigar.

Y cuando sea necesario, descubrir aquello que el poder preferiría no explicar.

Una prensa profesional no puede limitarse a reproducir aquello que recibe.

Porque cuando el gobierno informa deficientemente y la prensa tampoco busca la información con propiedad aparece una combinación extremadamente peligrosa:

El Estado calla y la prensa deja de preguntar.

Entre ambos silencios queda el ciudadano.

Y nuevamente aparece el vacío.

Por eso la gobernabilidad también necesita periodismo profesional, independiente y responsable.

No periodismo complaciente.

Pero tampoco periodismo construido exclusivamente alrededor de la confrontación.

Periodismo que busque la realidad.

Del aplauso de la plaza al like de la pantalla

Las plataformas digitales agregaron un fenómeno completamente nuevo.

Durante décadas, el candidato medía una parte de su capacidad de movilización observando una plaza.

¿Cuántas personas llegaron?

¿Cuánto entusiasmo existía?

¿Cuánta capacidad territorial tenía la organización?

Hoy puede mirar una pantalla y observar otro tipo de plaza:

likes.

Seguidores.

Visualizaciones.

Comentarios.

Reproducciones.

Tendencias.

Compartidos.

Y aparece una nueva tentación del poder:

Confundir aprobación digital con aprobación ciudadana.

Un gobernante puede observar millones de reproducciones y asumir que su estrategia de comunicación funciona extraordinariamente bien.

Puede invitar a un influencer con veinte millones de seguidores y creer que acaba de acceder a una audiencia superior incluso a la población completa del país que gobierna.

La cifra impresiona.

Pero falta la pregunta verdaderamente importante:

¿Dónde están esos veinte millones de seguidores?

Veinte millones de seguidores no significan veinte millones de ciudadanos

Las plataformas son globales.

Una persona puede acumular seguidores en decenas de países.

Su audiencia puede estar distribuida entre continentes, idiomas, edades e intereses completamente diferentes.

Por eso el número absoluto tiene poco valor para una administración pública si no conocemos su composición.

De veinte millones de seguidores:

¿Cuántos viven en el país?

¿Cuántos viven en la región donde debe aplicarse determinada política?

¿Cuántos pertenecen al grupo ciudadano que necesita recibir la información?

¿Cuántos realmente vieron el contenido?

¿Cuántos comprendieron el mensaje?

¿Cuántos actuaron después de recibirlo?

Esas son las preguntas relevantes.

El problema no es contratar influencers.

Pueden ser extraordinarios vehículos de comunicación cuando existe correspondencia entre audiencia, territorio, objetivo y mensaje.

El problema aparece cuando el Estado contrata números.

Porque entonces puede invertir recursos públicos para alcanzar una audiencia gigantesca en apariencia, pero prácticamente inexistente dentro de la comunidad que necesita informar.

Puede terminar:

Invirtiendo recursos en un fantasma estadístico.

El gobernante atrapado por sus propios likes

Existe además un riesgo más profundo.

Las métricas digitales no solamente pueden engañar al equipo de comunicación.

También pueden modificar la conducta del gobernante.

Cada publicación genera una respuesta inmediata.

Likes.

Comentarios.

Reproducciones.

Compartidos.

El poder recibe constantemente pequeñas señales de aprobación o rechazo.

Y progresivamente puede aparecer la tentación de tomar decisiones comunicacionales pensando en aquello que producirá más interacción.

Entonces la lógica de campaña vuelve a entrar por otra puerta.

El gobernante comienza a buscar aprobación cuando debería estar buscando efectividad.

La pregunta deja de ser:

¿Qué necesita conocer el ciudadano?

Y empieza a convertirse en:

¿Qué contenido conseguirá más likes?

Esa diferencia puede parecer pequeña.

No lo es.

Porque gobernar para las métricas puede terminar alejando al poder de las realidades que las métricas no muestran.

Audiencia no es comunidad

El Centro de Estudios del Poder considera necesario diferenciar conceptos que con demasiada frecuencia se presentan como equivalentes:

Audiencia no es comunidad.

Seguidores no son ciudadanos.

Visualizaciones no son comprensión.

Likes no son confianza.

Tendencia no significa consenso.

Viralidad no significa gobernabilidad.

Comunicar mucho no significa informar bien.

Un video puede conseguir cinco millones de reproducciones y fracasar completamente como instrumento de comunicación pública.

Una publicación puede tener menos alcance y, sin embargo, llegar exactamente a los ciudadanos que necesitaban esa información y provocar una acción concreta.

¿Cuál fue más efectiva?

Para una campaña electoral quizá interese principalmente el alcance.

Para una administración pública debería importar fundamentalmente el resultado.

Cambiar las métricas

Los gobiernos necesitan dejar de preguntar únicamente:

¿Cuántas personas lo vieron?

La comunicación pública debería construir indicadores más exigentes:

ALCANCE → PERTINENCIA → COMPRENSIÓN → ACCIÓN → RESULTADO → CONFIANZA

Alcance: ¿a cuántas personas llegó?

Pertinencia: ¿llegó a las personas correctas?

Comprensión: ¿entendieron el mensaje?

Acción: ¿supieron qué debían hacer?

Resultado: ¿la información contribuyó a resolver el problema?

Confianza: ¿la experiencia fortaleció o debilitó la relación del ciudadano con la institución?

Ese recorrido permitiría distinguir entre una comunicación popular y una comunicación efectiva.

No siempre son lo mismo.

La campaña necesita emociones; el gobierno enfrenta realidades

Llegamos entonces nuevamente al punto de partida.

Una campaña necesita emociones.

Necesita movilizar.

Necesita esperanza.

Necesita identidad.

Necesita entusiasmo.

Necesita convertir simpatía en voto.

Pero el gobierno comienza precisamente cuando termina esa etapa.

La lógica cambia:

CAMPAÑA

Emoción → Esperanza → Promesa → Adhesión → Voto

GOBIERNO

Realidad → Gestión → Información → Resultado → Confianza

La primera busca conquistar el respaldo ciudadano.

La segunda necesita conservar su confianza.

Y la confianza no puede sostenerse indefinidamente con publicidad, discursos, tendencias, influencers o millones de likes.

Necesita resultados.

Comunicar también significa reconocer aquello que no funciona

Existe finalmente una diferencia todavía más profunda entre propaganda y comunicación pública.

La propaganda intenta mostrar permanentemente aquello que funciona.

La comunicación gubernamental profesional también debe explicar aquello que no está funcionando.

Un gobierno creíble debería poder decir:

Esto hicimos.

Esto conseguimos.

Esto todavía no funciona.

Estas son las razones.

Esto estamos corrigiendo.

Y este es el plazo en el que volveremos a medirlo.

Reconocer un problema no necesariamente debilita al poder.

Ocultarlo hasta que la realidad lo haga imposible de esconder puede debilitarlo mucho más.

La ciudadanía no necesita gobiernos que pretendan ser perfectos.

Necesita gobiernos capaces de administrar problemas, explicar decisiones y corregir errores.

Del candidato al gobernante

Ese es finalmente el cambio que toda administración debe comprender.

Ayer existía un candidato.

Hoy existe un gobernante.

Ayer pedía confianza.

Hoy debe responder por ella.

Ayer podía hablar del futuro.

Hoy administra el presente.

Ayer proponía.

Hoy decide.

Ayer prometía.

Hoy debe rendir cuentas.

Y por eso comunicar desde el gobierno no puede ser simplemente una continuación de la campaña electoral.

Comunicar en campaña es explicar lo que se quiere hacer.

Comunicar desde el gobierno es demostrar lo que se está haciendo, reconocer lo que no funciona y explicar cómo se corregirá.

La campaña puede conquistar al ciudadano mediante emociones.

El gobierno conserva su confianza enfrentando realidades y produciendo resultados.

Porque, finalmente:

LA CAMPAÑA TERMINA.

LA REALIDAD COMIENZA.

HOY SEGUNDA PARTE: GOBERNAR TAMBIÉN ES SABER COMUNICAR: Qué puedes hacer un Gobierno para reconstruir el puente entre El Estado y los ciudadanos.

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