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sábado, septiembre 12, 2026

EL 9-11: EL DÍA QUE CAMBIÓ A ESTADOS UNIDOS Y TRANSFORMÓ AL MUNDO

Veinticinco años después, el costo del 11 de septiembre ya no puede medirse únicamente por las 2,977 vidas perdidas. Estados Unidos transformó su seguridad, sus servicios de inteligencia, sus aeropuertos, sus fronteras y su política exterior. Las guerras y programas surgidos después del ataque acumularon compromisos estimados en más de US$8 billones. Pero el cambio más profundo fue otro: desde aquella mañana, la seguridad pasó a formar parte de la vida cotidiana.

El 11 de septiembre de 2001 comenzó como una mañana ordinaria y terminó dividiendo la historia reciente de Estados Unidos en dos épocas.

Antes y después del 9/11.

Por Diestra La Revista y el Centro de Estudios del Poder

Diecinueve terroristas vinculados a Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos fueron utilizados contra las Torres Gemelas del World Trade Center, otro impactó el Pentágono y el cuarto cayó en Pennsylvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar el control de la aeronave.

Murieron 2,977 personas de más de 90 países: 2,753 en Nueva York, 184 en el Pentágono y 40 pasajeros y tripulantes del vuelo 93.

Pero las cifras de aquella mañana apenas representan el comienzo de la historia.

CUATRO AVIONES CAMBIARON LA CONCEPCIÓN DE SEGURIDAD

Hasta aquella mañana, para millones de estadounidenses el terrorismo internacional era fundamentalmente una amenaza que ocurría lejos de sus ciudades.

El 9 -11 (11 de septiembre) destruyó esa percepción.

Los ataques demostraron que una organización no estatal podía penetrar el territorio estadounidense, utilizar infraestructura civil como arma y golpear simultáneamente símbolos del poder económico y militar.

La investigación del FBI, denominada PENTTBOM, se convirtió en la mayor de su historia. En su momento de máxima actividad, más de la mitad de los agentes del Bureau participaron en la identificación de los responsables, sus conexiones y posibles nuevos atentados.

Desde entonces, la prioridad dejó de ser solamente reaccionar ante un crimen.

Había que anticiparlo.

Ese cambio conceptual transformaría buena parte del aparato de seguridad estadounidense.

NACIÓ UNA NUEVA ARQUITECTURA DE SEGURIDAD

Uno de los principales problemas identificados después de los ataques fue la fragmentación de información entre agencias.

Estados Unidos respondió con una reorganización institucional de enorme dimensión.

En 2003 comenzó a operar el Department of Homeland Security, que reunió 22 agencias y oficinas federales bajo una estructura encargada de proteger el territorio, las fronteras, los sistemas de transporte y la infraestructura crítica.

También nació la Transportation Security Administration, TSA.

El control aeroportuario cambió radicalmente: inspección federalizada de pasajeros, revisión del equipaje facturado, nuevas tecnologías para detectar explosivos y protocolos de seguridad que terminaron convirtiéndose en parte normal de cualquier viaje.

Lo que hoy parece rutinario, filas de seguridad, controles reforzados, restricciones sobre determinados objetos y vigilancia aeroportuaria, pertenece en buena medida al mundo construido después del 11 de Septiembre (9-11).

TAMBIÉN CAMBIÓ LA INTELIGENCIA

La Comisión del 9-11 concluyó que existieron graves problemas de coordinación, intercambio de información y capacidad para conectar señales que se encontraban dispersas dentro del aparato gubernamental.

La respuesta llegó con otra reforma histórica.

La Intelligence Reform and Terrorism Prevention Act de 2004 creó la figura del Director of National Intelligence y reorganizó la coordinación de la comunidad de inteligencia estadounidense.

El objetivo era sencillo de expresar pero enormemente complejo de ejecutar: impedir que diferentes agencias poseyeran piezas de un mismo rompecabezas sin que nadie pudiera observar la imagen completa.

El National Counterterrorism Center pasó además a integrar y compartir inteligencia relacionada con terrorismo y a participar en la planificación estratégica contra esas amenazas.

El 9-11, por tanto, no solamente cambió las fronteras.

Cambió la manera en que Estados Unidos debía ver, compartir y analizar información.

EL PRECIO: MÁS DE US$8 BILLONES

Existe otra dimensión del 9-11, que solamente puede comprenderse con la perspectiva de un cuarto de siglo: su costo económico.

El proyecto Costs of War de Brown University calcula que Estados Unidos apropió o quedó obligado a gastar aproximadamente US$8 billones en las guerras y programas relacionados con la respuesta posterior al 11-S hasta el año fiscal 2022.

La cifra incluye aproximadamente US$5.8 billones en apropiaciones y otros US$2.2 billones en obligaciones relacionadas con la atención futura de veteranos.

Dentro de esa enorme factura aparecen alrededor de US$2.3 billones destinados a operaciones militares de contingencia en el exterior, más de US$1 billón ya gastado en intereses asociados al endeudamiento y más de US$1.1 billones acumulados en seguridad interior desde la creación del Department of Homeland Security.

Y la cuenta todavía no está cerrada.

Los costos médicos y beneficios destinados a los veteranos de las guerras posteriores al 9-11 podrían alcanzar entre US$2.2 y US$2.5 billones hacia 2050.

Es decir, personas que todavía no habían nacido cuando cayeron las Torres Gemelas continuarán pagando, mediante el presupuesto federal, las consecuencias económicas de aquella mañana.

 

AFGANISTÁN, IRAQ Y LA GUERRA CONTRA EL TERROR

El ataque también transformó la política exterior estadounidense.

Afganistán se convirtió rápidamente en el primer escenario militar de la respuesta contra Al Qaeda y el régimen talibán que le había proporcionado refugio.

Después llegaría Iraq.

Y posteriormente operaciones, despliegues, programas antiterroristas y cooperación de seguridad en numerosos países.

Brown University calcula que más de 7,000 miembros de las fuerzas armadas estadounidenses murieron en las guerras posteriores al 9-11.

Pero el impacto humano internacional fue muchísimo mayor.

El mismo proyecto académico estima al menos 940,000 muertes directas por violencia en las principales zonas de las guerras posteriores al 9-11 y millones adicionales por efectos indirectos asociados a los conflictos.

El ataque de cuatro aviones había desencadenado una transformación geopolítica cuyos efectos terminarían extendiéndose durante décadas.

SEGURIDAD FRENTE A LIBERTAD

Pero existe un costo mucho más difícil de colocar dentro de una hoja de cálculo.

La relación entre seguridad y libertad.

Después del 9-11 Estados Unidos amplió facultades de vigilancia, intercambio de información, investigación financiera, control migratorio y herramientas de inteligencia.

La pregunta apareció inmediatamente:

¿Hasta dónde puede llegar un Estado para proteger a sus ciudadanos sin modificar las libertades que pretende proteger?

La propia Comisión del 9-11 advirtió sobre ese dilema. La seguridad era indispensable, pero las medidas adoptadas para defender al país no podían terminar erosionando sus valores fundamentales.

Veinticinco años después, ese debate continúa vigente.

TAMBIÉN CAMBIAMOS NOSOTROS

El 9-11 modificó algo que ninguna legislación puede cuantificar completamente: nuestra percepción del riesgo.

Cambió la manera de abordar un avión.

Cambió la forma de diseñar un aeropuerto.

Cambió la seguridad de edificios públicos.

Cambió la vigilancia de fronteras.

Cambió la cooperación entre policías, militares y servicios de inteligencia.

Cambió la manera de seguir movimientos financieros internacionales.

Y cambió incluso nuestro lenguaje.

“Terrorismo”, “seguridad nacional”, “radicalización”, “inteligencia preventiva”, “listas de vigilancia” y “amenazas transnacionales” dejaron de ser conceptos reservados a especialistas para incorporarse a la conversación cotidiana.

El FBI mismo reconoce que después del ataque evolucionó desde una institución fundamentalmente orientada a investigar delitos hacia una organización de seguridad nacional basada mucho más intensamente en inteligencia y prevención.

LO QUE EL 9-11 NOS OBLIGÓ A ENTENDER

Quizá la transformación más importante fue comprender que las amenazas del siglo XXI no necesitan necesariamente ejércitos convencionales, fronteras compartidas ni grandes arsenales.

Diecinueve hombres demostraron que una organización podía explotar las vulnerabilidades de una sociedad abierta y utilizar contra ella sus propias infraestructuras.

Estados Unidos respondió construyendo durante 25 años una gigantesca arquitectura militar, policial, tecnológica y de inteligencia.

Algunas decisiones evitaron vulnerabilidades que parecían inconcebibles antes de 2001.

Otras siguen siendo objeto de discusión por sus costos, resultados y consecuencias sobre las libertades civiles.

Y algunas, particularmente las guerras prolongadas, obligan todavía a preguntar si todos los recursos empleados produjeron proporcionalmente mayor seguridad.

25 AÑOS DESPUÉS

El 11 de septiembre de 2001 murieron 2,977 personas.

Pero aquella mañana produjo algo que ninguna cifra puede representar completamente.

Cambió una generación.

Cambió la doctrina de seguridad de la principal potencia mundial.

Cambió las guerras.

Cambió los aeropuertos.

Cambió la inteligencia.

Cambió las fronteras.

Cambió la relación entre privacidad y seguridad.

Y cambió nuestra percepción de hasta dónde podía llegar una amenaza que no reconocía fronteras.

Veinticinco años después, las Torres Gemelas ya no forman parte del horizonte de Manhattan.

Pero muchas de las instituciones, procedimientos, conflictos, gastos y temores que nacieron aquella mañana continúan formando parte del mundo en que vivimos.

El 9-11 no terminó cuando cayó la última torre.

En muchos sentidos, el mundo en el que vivimos hoy comenzó aquella mañana.

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