La captura consiguió 18 millones de visualizaciones durante su primer fin de semana y llevó una producción mexicana al primer lugar global de las películas de habla no inglesa de Netflix. Diez años después de la recaptura de Joaquín “El Chapo” Guzmán, Diestra utiliza la película como punto de partida para formular otra pregunta: cayó el capo, pero ¿qué ocurrió con el negocio, la violencia y la capacidad de influencia del narcotráfico?
Por Diestra La Revista
Dieciocho millones de visualizaciones en apenas un fin de semana.
El dato convirtió a La captura en algo más que otra película sobre narcotráfico. Estrenada el viernes 21 de agosto, la producción mexicana alcanzó el primer lugar del Top 10 global de películas de habla no inglesa de Netflix, entró al Top 10 en 90 países y llegó al número uno en 24 territorios.
Es también un éxito para una producción mexicana y para su director, «Chava Cartas» Salvador Cartas Martínez, fotógrafo, guionista y realizador nacido en Guadalajara, cuya trayectoria comenzó vinculada a la fotografía y la realización audiovisual antes de dar el salto hacia la televisión y el cine.
Cartas llega a La captura después del éxito internacional de Contraataque, también distribuida por Netflix. Pero esta vez decidió aproximarse a uno de los personajes más conocidos de la historia reciente del narcotráfico mexicano desde un ángulo diferente.
El Chapo está en la película, pero El Chapo no es realmente el protagonista.
La historia vista desde el otro lado
La captura está inspirada en los acontecimientos relacionados con la recaptura de Joaquín Guzmán Loera, ocurrida el 8 de enero de 2016 después de un operativo en Los Mochis, Sinaloa.
La película dura aproximadamente 91 minutos, fue dirigida por Cartas y está protagonizada por Alfonso Herrera y Noé Hernández, acompañados por Héctor Kotsifakis y otros actores mexicanos. La producción utilizó Chihuahua entre sus localizaciones de rodaje.
Pero la decisión narrativa resulta más interesante que la ficha técnica.
Durante años, numerosas producciones sobre narcotráfico colocaron al capo en el centro.
Su dinero.
Sus propiedades.
Sus mujeres.
Sus armas.
Sus enemigos.
Sus fugas.
Su capacidad para comprar voluntades.
Chava Cartas decidió recorrer el camino contrario.
La historia, desarrollada a partir de crónicas del periodista Héctor de Mauleón, dirige la mirada hacia los policías relacionados con la captura. El propio director ha explicado su interés por rescatar la figura del héroe y mostrar un México que no puede reducirse exclusivamente al narcotráfico y la corrupción.
Eso cambia la pregunta.
Ya no es únicamente:
¿qué tan poderoso era El Chapo?
Es:
¿qué necesita una persona para resistirse al poder de un hombre como El Chapo?
Dinero.
Miedo.
Amenazas.
Familia.
Deber.
Integridad.
Todo termina enfrentándose en unas pocas horas.
Cine inspirado en hechos reales
Hay que hacer una precisión.
La captura no es un documental.
Parte de acontecimientos reales, pero utiliza personajes, situaciones y recursos dramatizados. Existen diferencias entre determinados acontecimientos históricos y su representación cinematográfica.
Eso no disminuye necesariamente el valor de la película.
Simplemente establece su naturaleza:
estamos viendo cine inspirado en hechos reales, no un expediente judicial.
Y precisamente allí comienza nuestro análisis.
LO QUE MUESTRA
La película coloca al espectador frente a una de las herramientas más antiguas del crimen organizado:
Dinero y miedo.
El dinero ofrece una salida.
La amenaza establece el precio de rechazarla.
Y entre ambos aparece el funcionario que debe tomar una decisión.
Ese mecanismo resulta fundamental para comprender el verdadero alcance del poder criminal.
Un cartel no construye poder únicamente acumulando armas, territorio o millones de dólares.
Su poder aumenta cuando consigue modificar el comportamiento de quienes deberían enfrentarlo.
Comprar.
Intimidar.
Conseguir información.
Obtener protección.
Generar silencio.
El narcotraficante no necesita necesariamente convertir a cada colaborador en miembro de su organización.
Necesita conseguir que actúe en beneficio de ella.
LO QUE SIGNIFICA
Aquí La captura deja de ser solamente una película sobre narcotráfico.
Se convierte también en una película sobre instituciones.
Porque la fortaleza de un Estado no puede medirse exclusivamente por el número de criminales que consigue capturar.
También puede medirse por la cantidad de funcionarios que el crimen organizado no consigue comprar, intimidar o doblegar.
Un policía que rechaza una oferta puede parecer simplemente una decisión individual.
Institucionalmente representa algo mucho mayor.
Significa que existe una frontera que el crimen no consiguió atravesar.
Y esa frontera no siempre está dibujada sobre un mapa.
Puede estar dentro de una persona.
LO QUE NO MUESTRA
Pero todas las películas necesitan terminar.
La realidad no.
El espectador observa la captura.
El capo desaparece.
Posteriormente vendrían su extradición, juicio y condena en Estados Unidos.
Una gran victoria contra uno de los narcotraficantes más poderosos del mundo.
Pero cuando termina la película aparece nuestra verdadera pregunta:
DIEZ AÑOS DESPUÉS, ¿QUÉ CAMBIÓ?
El Chapo ya no está en las calles mexicanas.
Pero el mercado no desapareció.
Los consumidores tampoco.
Las rutas continuaron.
El dinero continuó circulando.
Los territorios siguieron teniendo valor.
Y otros actores estuvieron dispuestos a ocupar los espacios que quedaron disponibles.
La captura del jefe no significó la captura del sistema.
El capo no era el mercado
Durante años, buena parte de las estrategias contra las grandes organizaciones criminales descansó sobre una lógica comprensible:
identificar al jefe, perseguirlo, capturarlo y debilitar su estructura.
Eliminar un liderazgo puede efectivamente producir desorganización.
Pero también puede producir otra consecuencia:
Fragmentación.
Los subordinados compiten.
Las facciones se dividen.
Los antiguos aliados comienzan a disputarse territorios.
Aparecen nuevas estructuras.
Y el mercado continúa esperando mercancía.
Por eso capturar a un narcotraficante y eliminar las condiciones que permiten reproducir el narcotráfico son dos cosas diferentes.
Y aquí nuestra mirada sobre los diez años posteriores puede resumirse mediante tres palabras.
DOLOR
Las estadísticas pueden contabilizar homicidios, desapariciones, enfrentamientos y decomisos.
Pero las cifras difícilmente pueden medir completamente sus consecuencias.
Familias.
Comunidades.
Comerciantes.
Periodistas.
Policías.
Funcionarios.
Ciudadanos.
No toda la violencia mexicana puede atribuirse al narcotráfico. Hacerlo sería metodológicamente incorrecto.
Pero tampoco puede comprenderse la violencia que ha golpeado determinadas regiones de México ignorando las disputas entre organizaciones criminales y, posteriormente, entre sus propias facciones.
Una organización puede perder a su jefe.
El territorio que controlaba no desaparece.
Y cuando varios grupos quieren ocuparlo, puede comenzar otra guerra.
Por eso nuestra primera palabra no es sangre.
Es:
DOLOR.
Ayotzinapa: una herida que continúa abierta
México posee además heridas que recuerdan hasta dónde puede llegar la combinación de crimen organizado, debilidad institucional y posibles complicidades.
Una de las más profundas continúa siendo la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, ocurrida en septiembre de 2014.
Más de una década después, el caso sigue sin ofrecer a las familias todas las respuestas y ha expuesto actuaciones de policías locales, integrantes del crimen organizado y responsabilidades institucionales que continúan siendo objeto de investigación.
Ayotzinapa recuerda que el crimen organizado no puede medirse únicamente en toneladas de droga.
Detrás de las cifras quedan personas.
Y detrás de las personas, familias que pueden esperar respuestas durante generaciones.
DROGA
La segunda gran transformación ocurrió dentro del propio negocio.
El narcotráfico mexicano de 2026 no puede estudiarse utilizando únicamente la fotografía de 2016.
Durante décadas, hablar de producción significaba observar cultivos.
Amapola.
Marihuana.
Y las grandes rutas de cocaína procedentes de Sudamérica.
Los monitoreos de México y Naciones Unidas estimaron aproximadamente 25,200 hectáreas de amapola en 2015-2016y unas 30,600 hectáreas en 2016-2017. Posteriormente las estimaciones descendieron de manera considerable.
¿Significa eso que el narcotráfico perdió necesariamente poder?
No.
Porque mientras determinados cultivos disminuyeron, el negocio se transformó.
Las drogas sintéticas cambiaron la ecuación.
Laboratorios clandestinos.
Precursores químicos.
Puertos.
Cadenas logísticas.
Fentanilo.
Metanfetaminas.
Nuevas rutas y mercados.
Por eso medir únicamente hectáreas cultivadas puede producir una fotografía incompleta del narcotráfico contemporáneo.
La pregunta ya no es solamente cuánto se cultiva.
Es:
¿cuánto poder económico conserva una organización después de transformar su modelo de negocio?
PODER
Y entonces llegamos probablemente a la dimensión más delicada.
El narcotráfico necesita rutas para transportar.
Necesita dinero para operar.
Necesita información para protegerse.
Y puede necesitar algo todavía más importante:
influencia.
Policías.
Alcaldes.
Funcionarios.
Gobernadores.
Políticos.
Aquí debemos establecer una diferencia fundamental.
No todas las personas mencionadas en investigaciones sobre narcotráfico están en la misma situación.
Existen condenados.
Existen acusados formalmente.
Existen investigados.
Y existen simplemente señalados.
Una acusación jamás debe convertirse periodísticamente en una condena.
Pero la existencia de casos e investigaciones sobre posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales demuestra que existe una dimensión del narcotráfico que trasciende la persecución policial.
No solamente importa su capacidad para desafiar al Estado.
Importa también su capacidad para intentar penetrarlo.
Del camino al despacho
Durante décadas hemos visto mapas del narcotráfico.
Colombia.
Centroamérica.
México.
Estados Unidos.
Carreteras.
Puertos.
Fronteras.
Pistas clandestinas.
Las líneas muestran por dónde se mueve la droga.
Pero existe otro mapa mucho más difícil de dibujar.
El de las relaciones.
¿Quién proporciona información?
¿Quién permite operar?
¿Quién mira hacia otro lado?
¿Quién recibe dinero?
¿Quién es amenazado?
¿Quién resiste?
¿Quién denuncia?
¿Quién termina colaborando?
Y de allí surge probablemente la pregunta más inquietante de nuestra investigación:
El narco alguna vez buscó caminos para transportar la droga. ¿Descubrió después que algunos caminos podían atravesar los despachos del poder?
2016 frente a 2026
| Variable | 2016 | Diez años después |
|---|---|---|
| Capos | Grandes jefes simbolizaban organizaciones verticales | Grandes estructuras conviven con facciones y grupos regionales |
| Droga | Cultivos tradicionales y cocaína tenían enorme peso | Las drogas sintéticas transformaron el negocio |
| Territorio | Control de rutas | Rutas, mercados y economías criminales diversificadas |
| Organizaciones | Grandes carteles | Fragmentación, alianzas y disputas |
| Violencia | Enfrentamientos entre organizaciones y Estado | Persisten conflictos entre organizaciones y facciones |
| Dinero | Narcotráfico como núcleo del negocio | Mayor diversificación de economías criminales |
| Política | Corrupción y protección ya constituían un problema | Investigaciones y acusaciones mantienen abierta la discusión sobre penetración institucional |
| Poder | Control territorial | Influencia institucional como riesgo adicional |
La comparación muestra algo importante.
No todo aumentó.
No todo disminuyó.
Mutó.
La película termina donde comienza nuestra pregunta
Quizá el mayor mérito conceptual de La captura no sea mostrarnos nuevamente a Joaquín Guzmán.
Es colocar a personas comunes frente a una decisión extraordinaria.
¿Qué ocurre cuando alguien tiene frente a sí suficiente dinero para cambiar su vida y suficiente poder para destruirla?
Esa pregunta trasciende el cine.
Porque la fortaleza de las instituciones no depende solamente de leyes, edificios o presupuestos.
Depende también de las personas que las integran.
Por eso la captura de Joaquín Guzmán representó una victoria.
Pero nunca podía representar, por sí sola, el final del narcotráfico.
El narcotráfico no es un hombre.
Es un mercado.
Una estructura.
Una red de intereses.
Mientras exista demanda habrá incentivos económicos.
Mientras existan rutas habrá organizaciones intentando controlarlas.
Mientras exista dinero habrá intentos de corrupción.
Y mientras existan instituciones vulnerables habrá estructuras criminales intentando penetrarlas.
Diez años después, quizá esa sea la verdadera lectura que deja la película.
Cayó el capo. No cayó el negocio.
Se fragmentó, se reorganizó… y mutó.
LA TRILOGÍA EL PODER CONTINÚA
Esta investigación tampoco termina en México.
Colombia — Guatemala — México.
Colombia, donde la historia del gran narcotráfico alcanzó dimensión mundial durante la época de Pablo Escobar y los grandes carteles, continúa ocupando un lugar central dentro de la producción y salida internacional de cocaína.
México pasó de territorio estratégico de tránsito a escenario de poderosos carteles capaces de controlar rutas, mercados y territorios, mientras posteriormente el negocio se fragmentó, diversificó y evolucionó hacia nuevas sustancias y economías criminales.
Y entre el sur productor y el enorme mercado del norte aparece Guatemala, corredor geográfico estratégico dentro de esa ruta continental.
El gobierno de Bernardo Arévalo mantiene cooperación antinarcóticos con Estados Unidos y ha aceptado capacitación, inteligencia, equipamiento y asistencia, aunque ha descartado que fuerzas militares estadounidenses ejecuten directamente operaciones antinarcóticos dentro del territorio guatemalteco, una posición que por hoy no encuentra explicación, porque las acciones de las organizaciones criminales han rebasado la capacidad de respuesta del Estado guatemalteco.
Cuando la droga necesita rutas, el crimen busca territorio. Cuando necesita protección, busca influencia. Y cuando esa influencia alcanza a quienes toman decisiones, el narcotráfico deja de ser solamente un problema de seguridad.
Se convierte en un problema de poder.
Diestra La Revista — La Trilogía del Poder.


